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jueves, 29 de mayo de 2014

El Enigma de la Atalaya: Capítulo 1. - Robos (Primera parte)


Después de presentar el relato y a los personajes comenzamos con el capítulo primero. Espero que os entre el gusanillo de seguirla

ROBOS

Si rebuscamos en la Vía Láctea encontraremos al final el sistema solar. Si rebuscamos en el sistema solar encontraremos el planeta Tierra. Si rebuscamos en el planeta Tierra encontraremos el continente de Europa. Y en uno de los países de Europa, España, encontraremos al norte un pueblo llamado Atalaya Village.
Atalaya Village es bastante pequeño comparado con otros pueblos de España. Está cerca de las costas del Mar Cantábrico a unos setenta kilómetros al este de Santander. Ubicado en un pequeño valle, entre tres pequeñas colinas, es un pueblo que apenas cuenta con cuatrocientos habitantes. Tiene unas calles muy largas y está atravesado por un pequeño afluente del río Nervión. Este pueblo cuenta con una pequeña clínica, una biblioteca, un museo, una gran feria de mercado -que se celebra todos los viernes y domingos- y una antigua fábrica de conservas de pescado, ahora ya en desuso. Y con la fortaleza más espectacular y conocida, la edificación que tanta importancia tiene en nuestra historia y que en el pueblo recibe el nombre de la Atalaya. Una gran torre de piedra, con almenas medio derruidas y vigas de hierro y madera, situada en lo alto de una de las colinas que rodean el pueblo. Consta en los archivos que en esa colina fue construida una gran fortaleza entre los años 912 y 916 de nuestra era para que los ejércitos cristianos del lugar pudieran defenderse de la invasión musulmana.
Con el paso del tiempo y varios siglos después de la expulsión de los árabes de la Península, la fortaleza solitaria cayó en el olvido. Poco a poco fue invadida por la maleza y acabó derrumbándose. Quedó sólo en pie la torre más grande y resistente. En el siglo XVIII se redescubrió aquella torre y comenzó a recibir el nombre de Atalaya. A sus pies, en el valle, fue creciendo el pueblecito. A mediados del siglo XX el ayuntamiento propuso la restauración de la Atalaya pero los habitantes se negaron en redondo a que se tocara una sola piedra. No todos los pueblos podían presumir de custodiar un monumento tan antiguo.
En verano el pueblo solía llenarse de turistas, sobre todo franceses, que acudían a ver de cerca la famosa Atalaya. Aquella era una de las fuentes de ingresos más importante del pueblo, pues los turistas visitaban el museo, comían en los restaurantes y pagaban un hotel. Lo que les fascinaba era ver la torre. Cada día un grupo guiado se dirigía allí por el único camino habilitado para visitarla.
No todo habían sido alegrías en Atalaya Village. Se contaba que una maldición pesaba sobre el pueblo y sobre la Atalaya. Una antigua historia contaba que, durante la construcción de una aparte del pueblo murió -por un accidente en las obras-, la hija de una famosa curandera. Ésta, medio muerta de dolor, se suicidó, no sin antes maldecir al pueblo y a la edificación del mismo nombre, la Atalaya. Todos los habitantes de Atalaya Village temían a la torre, al contrario que los turistas que decían “me gustan mucho las costumbges de este simpático pueblecito español” o “qué guisa, vaya cosas que se inventan los españoles de estos lugagues”, o “es muy gacioso”.

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11 de Mayo / Martes.-
Entre todas las casas de Atalaya Village la más pequeña era sin duda la del comisario Gómez. Se encontraba en la zona oeste del pueblo, al lado de una plaza llena de kioscos. La casa tenía un solo piso, el tejado azul oscuro y las paredes azul claro. El porche apenas medía un metro de largo pero era muy luminoso. La habitación del comisario debía ocupar unos seis metros cuadrados. Allí se encontraba su morador, durmiendo. Soñaba con que era un conocido detective que indagaba sobre un caso y que al descubrir al asesino, éste le apuntaba con una pistola a él y a una mujer y… en ese momento sonó el teléfono y el asesino se distrajo, hecho que aprovechó él para asestarle un golpe. La mujer, que era muy guapa, le dio un beso en la mejilla… cuando de nuevo oyó el teléfono, esta vez bien alto al lado de su cama. Sobresaltado, el comisario se enredó con la sabana y se cayó al suelo. Era un hombre bajito, con gafas de culo de botella -que llevaba incluso cuando dormía-, y un bigote canoso, bastante largo. Tenía una expresión bobalicona, dedos regordetes y el pelo de un color gris blanquecino. Maldijo en voz baja y, con esfuerzo, se puso de pie y miró el reloj: las cinco de la mañana. Se acercó a la mesilla y contestó con voz adormilada.
-¿Quién…hummm…es?
Sonó una voz horrorizada al otro lado de la línea. Era la voz de un hombre de edad madura, de entre cuarenta y cuarenta y cinco años.
-Señor… ¡señor comisario!
-Sí….hummm.
-¡Aquí! ¡en el museo! ¡ha habido un robo!
-¿En el…hummm…museo?
-¡Sí! ¡Venga en seguida! ¡El señor McKinnon está como loco!
-Hum… ¡Voy!

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El museo de Atalaya Village no se encontraba lejos de la casa del comisario. Era un edificio alargado, de una planta, dividido en seis salas. La entrada estaba rodeada de columnas de mármol. Era un museo de antigüedades -espadas, armas, cuadros…-, que contaba la historia del pueblo desde sus inicios. Estaba a cargo de un americano, un tal Xavier McKinnon, llegado al pueblo tan solo seis meses atrás. En la comisaría era conocido por ser muy impaciente…
Cuando el comisario Gómez llegó, alguien esperaba en la entrada: un hombre alto y corpulento, de hombros anchos y sin bigote ni gafas. Lucía alguna que otra cana en su pelo negro. Llevaba el uniforme azul de la policía municipal con el escudo del pueblo y corbata. Lo saludó, parecía intranquilo.
-Buenos días, señor comisario. Entre, rápido.
-¿Qué han robado, Sebastián? Estás muy nervioso.
-Entre, señor comisario. Ya verá.
Los dos entraron en el museo. Recorrieron un pasillo y llegaron a la puerta de hierro gris del final, un portón blindado de casi dos metros y medio de altura y otros tantos de anchura: el despacho de Xavier McKinnon.
-Se ha encerrado ahí -explicó Sebastián-, y no hay manera de hacerle salir. Está… destrozado.
El comisario Gómez llamó a la puerta. Se oyeron pasos al otro lado y luego el girar de una llave en seis cerrojos. La puerta chirrió y se abrió, demostrando así que no había sido engrasada desde hacía un montón de años. En el umbral apareció un hombre rechoncho, de aspecto sabiondo, con un bigotillo negro, vestido con un traje impoluto de franela y una corbata a juego. Hizo una señal para que entrasen. El despacho estaba amueblado con, por lo menos seis grandes archivadores de metal, un escritorio de caoba -que formaba parte de la exposición del museo- y un par de armarios de madera común. Sobre el escritorio descansaba un ordenador portátil. Xavier McKinnon se sentó en el sillón de cuero y, cuando los demás hubieron tomado también asiento, enterró la cara entre las manos.
-¡He sido un estúpido! ¡Un inconsciente! –gritó-. Se le notaba el acento americano en la voz algo afeminada. ¡Todo ha sido culpa mía! ¡No me preocupé!
-Calma, calma, señor McKinnon. ¿Qué han robado? –inquirió el comisario Gómez -.
-Unas…unas lanzas -lloriqueó el otro- y unas espadas del siglo dieciséis. Las…las conocía todas…todas…
-¿Cuántas?
-¡Seis! ¡Me acuerdo de cada una! ¡Tres lanzas y tres espadas! Sniff… ¡Acero templado, doble filo, mango dorado con rubí en la empuñadura! Sniff…
-Calma. ¿Qué valor estimado tenían?
-¿Valor? ¡Acérquese! -el comisario arrimó el oído y Xavier McKinnon le susurró algo-.
Al instante, el comisario Gómez volvió a su asiento. Se había quedado de piedra con la cifra.
-Sí que es grave, sí… ¡Manos a la obra! –exclamó-.
El director del museo les acompañó hasta la tercera sala donde había tenido lugar el robo. Dio una corta pero detallada explicación: las lanzas la noche anterior estaban apoyadas contra la pared izquierda y las espadas colgadas en la pared delantera. Ahora, las dos paredes estaban completamente vacías. En la pared de las lanzas había una ventana grande, cerrada por dentro. En lo alto de la sala había una cámara de vigilancia pero el señor McKinnon explicó que no funcionaba.
Le hicieron un par de preguntas más y luego el comisario y Sebastián salieron del museo en dirección a la comisaría. Por el camino comentaron el asunto.
-Según el director –comenzó a decir el comisario-, sólo dos personas tenían las llaves de la sala, él y el guarda. La ventana estaba cerrada, por lo que el ladrón tuvo que salir por la puerta. Lo que quiere decir que el ladrón entró también por ahí…
-Lo que quiere decir que uno de ellos dos es el ladrón –apuntilló Sebastián-. Pero los vecinos de Xavier McKinnon juran y perjuran que él no salió de su casa por la noche y los vecinos del guarda también. Lo que quiere decir…
-¡Que esto es un lío! Hemos de informar al alcalde. ¡Este es el primer robo importante en el pueblo en lo que va de década!
-Sí, señor comisario. Yo iré y…
Estaban llegando a la comisaría, junto al río, cuando vieron una gran fila de gente que esperaba para entrar en ella. Corrieron allí. Antes de que llegaran un agente sudoroso se acercó.
-Señor comisario –informó-, toda esta gente dice que…que…les han robado algo. Robos…
La exclamación que soltó el comisario Gómez se oyó en el otro lado del pueblo.

************

El alcalde de Atalaya Village, Ernesto Saavedra, era un hombre muy atento y al mismo tiempo hábil y astuto. Tenía una barbita marrón, la cara alargada y unos ojos vivarachos, el pelo oscuro y acento checoslovaco. Ese día estaba muy preocupado. Se paseaba por su despacho mordiéndose las uñas.
Se acercaban las elecciones. Sí, las elecciones municipales. Eran, aparte de las fiestas patronales, uno de los eventos más importantes del año. Del alcalde dependía toda la organización del pueblo durante el verano. El notable incremento del turismo debía ser bien atendido. Un mal alcalde supondría la ruina del pueblo. Y él, que iba a presentarse como candidato, no era sólo experto por haber participado en unas elecciones. Echó un vistazo a un cuadro que tenía colgado en la pared: su árbol genealógico. Todos sus antepasados habían sido alcaldes del pueblo o generales del ejército al mando de la fortaleza. Y él era el primero que no tenía segura su reelección. Tenía una rival, la representante de la asociación Mujeres unidas, una mujer que, según él, no tenía escrúpulos. Sí, le iba a dar su merecido. Iba a…
Llamaron en ese momento a la puerta. Antes de que pudiese contestar entró alguien. Era Sebastián, el alguacil.
-Estoy ocupado, Sebastián, llegan las elecciones y… -dijo el alcalde, sin levantar la cabeza-.
-A eso voy, señor alcalde. Esto…han desaparecido varias piezas de valor del museo.
-¡Vaya! -dijo el alcalde-, y ahora lo miró.
Se dio cuenta de que a Sebastián se le había caído la insignia y de que estaba despeinado y llevaba la camisa por fuera. Parecía haberse dado una gran carrera. Y, ¿qué dice el comisario?
-Que a él también le han robado; un pequeño fajo de billetes que tenía en su casa.
-¡Rayos! ¿Qué está pasando?
-Casi todos los habitantes del pueblo se han presentado en la comisaría, señor. A todos nos han desaparecido cosas de valor. ¡A todos! No hay ninguna pista sobre lo que ha podido ocurrir…
-¡Voy a la comisaría! -bramó el alcalde hecho una furia- ¡Quiero hablar con Gómez!

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Cuando el coche del alcalde frenó de golpe ante la pequeña comisaría, Saavedra pudo comprobar cómo la gente se agolpaba a la entrada. El alcalde se abrió paso hasta la oficina donde el comisario Gómez estaba sentado ante un frágil escritorio, tomando nota de lo que le estaba diciendo la mismísima representante de la asociación Mujeres unidas, Teresa Casimira Juana Obdulia Mercedes Pérez, quien explicaba que le habían robado varias alhajas de su joyero. Esta, al ver al alcalde, puso los ojos en blanco y le señaló con el dedo lleno de anillos.
-¡Ajáaaaaaaa! -dijo-. La culpa de todo es de usted, señor alcalde. No se preocupa por la seguridad de los habitantes del pueblo porque le importa un pimiento lo que…
-Comisario –dijo Saavedra sin prestar atención a Dña. Teresa-, tengo que hablar con usted.
-Déjeme adivinar -hizo el comisario como que pensaba-. Ya sé, viene usted por lo de los robos.
Afuera, la gente, con expresión de enfado, golpeaba el cristal.
-Pasemos a un despacho interior –indicó Gómez-.
A salvo de curiosos, el comisario comenzó a explicar lo sucedido.
-Esta mañana me llamó el director del museo. Estaba que echaba humo. El guarda de noche dice que no se acuerda de que viera u oyera nada extraño pero que por la mañana faltaban dos cuadros. No sospechamos de nadie en particular y hemos registrado la casa del guarda. Nada. Poco más tarde, empezó a llegar gente. Mucha, mucha gente. A todos les habían robado algo. ¡En una sola noche! Entonces a mí se me ocurrió, ¿y si me han robado algo? No puede ser, porque yo duermo con mi fajo de billetes bajo la almohada. Pues fui a comprobarlo y no estaba.
-¿Qué podemos hacer? ¡Llegan las elecciones! –se lamentó el alcalde-.
-He pensado que tendremos que empezar una investigación a gran escala…. ¡No! ¡Ya sé!
-¿Qué? –preguntó el alcalde-.
-Un antiguo amigo mío está hospedado en Santander. Es policía y de los buenos. Seguro que resuelve esto en un periquete. Le escribiré una carta…
-¿Cómo se llama?
-Henry Longman.

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Próximo día: Capitulo 1 (Segunda parte)

6 comentarios:

  1. Hola Katy: independientemente de la trama, ya de por sí digna de elogio, me encantan las descripciones que hace el chaval, tanto de los personajes como de los lugares. No sé si creerme que sea tan pequeño. Seguiremos la historia. Un abrazo

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    1. Pues creételo aunque sea difícil. Tiene mucha imaginación. Esperemos que le dure:-) El 25 de Julio cumple 13 años.
      Un abrazo

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  2. Respuestas
    1. Gracias Javier. Esperamos la crítica:-)
      Un abrazo y buena semana

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  3. Maravilloso. Me encanta esa presentación de la historia, con el relato sobre la vieja fortaleza y la maldición. Crea el ambiente adecuado, mete al lector en situación. Y luego va entretejiendo la trama con el asunto de las elecciones y ese alcalde que no tiene asegurada su reelección, algo insólito en su familia.
    Estoy deseando conocer a Henry Longman!

    Feliz fin de semana

    Bisous

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    Respuestas
    1. Que moral nos da madame. Porque aunque somos todos bastante objetivos el corazón juega a su favor. Harry Longman nada tien que ver con el detective Enrique:-)
      Bisous y genial semana

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Bienvenido. Gracias por tus palabras , las disfruto a tope y además aprendo.

“EL TIEMPO QUE PERDISTE POR TU ROSA HACE QUE TU ROSA SEA TAN IMPORTANTE”. Saint-Exupéry

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