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Abel Pérez Rojas

Te quiero

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"No entiendes realmente algo a menos que seas capaz de explicárselo a tu abuela." Albert Einstein

sábado, 12 de enero de 2013

"Robo en casa del botánico" Capítulo XII y XIII


CAPÍTULO 12, EN EL QUE NOSOTROS INTERROGAMOS AL SIGNORE FRANCESCO Y EL INSPECTOR MILLER AL DOCTOR OLGERSON, Y EN EL QUE ME SURGE UNA RARA PERO IMPORTANTE TERCERA SOSPECHA

Nos acercamos a la puerta de la habitación del signore Francesco y don Fernando dio unos golpecitos. Desde dentro el italiano, con voz suave, nos invitó a entrar.
La habitación no estaba muy bien amueblada; apenas tenía una cama, un fondo con diez pequeños estantes - todos ellos vacíos -, y en un extremo una pequeña mesita en la que estaba apoyado el italiano.
Don Fernando llamó al mayordomo para pedirle unas sillas y los tres nos sentamos cerca de la cama. Empecé el interrogatorio.

- ¿Cuál es su nombre?
- Francesco Bonelli.
- ¿Nacionalidad exacta?
- Italiana, señor.
- ¿Edad?
- Treinta y siete años.
- ¿Dónde vive usted habitualmente? Quiero decir cuando está aquí en España.
- Tengo mi residencia en Madrid, en la Puerta del Sol número 3, piso 1, letra A.

¡Anda! Yo vivo en el número 5. Qué casualidad - pensé -.
- Don Fernando – me dirigí a él
-, ¿Podría ir y preguntarles si fuman al coronel Brown y al doctor Olgerson? El asintió y se fue. Yo proseguí.
- Cuénteme lo que vio y oyó la noche pasada, una vez que la cena había concluido.

- Después de la cena me dirigí a mi habitación y me encontré antes de llegar con el señor Fínnigan. En ese momento el señor Brown, que estaba ya en la cama, desde su habitación nos pidió que bajáramos a decirle a don Fernando que no iba a volver a la fiesta. Los dos bajamos acto seguido y se lo comunicamos. Después nos pusimos a bailar, pero al ratito el señor Fínnigan me dijo que le había entrado sueño y que a su mujer le ocurría lo mismo. Les acompañé a su habitación y después me metí directamente en la mía porque también empecé a sentir los párpados pesados.

- ¿Se durmió? ¿A qué hora? – inquirí -.
- Creo que alrededor de las nueve y media.
- ¿Oyó algo durante el sueño? – continué -.
- Sí. Oí primero como una persona corría por el pasillo y luego a alguien proferir una queja. Después oí al reloj dar las dos y poco más tarde el ruido como de un tubo que estuviera siendo cortado, o algo así. Después ya no escuché nada más.
- Humm… - dije escribiendo en mi cuadernito -.

En ese momento se abrió la puerta y entró don Fernando.
- El señor Brown dice que sí fuma, pero muy poco, y el doctor dice que dejó ese vicio hace cinco años. ¿Ya has acabado?
Dije que no con la cabeza y me puse a registrar la habitación. El espejo no podía ser del signore Francesco puesto que tenía uno encima de la cama, pero aparte de eso encontré un indicio muy extraño.

¿QUÉ INDICIO APUNTABA A QUE EL INVITADO ITALIANO HABÍA PODIDO COMETER EL DELITO?


- ¿Para qué ha arrastrado usted la estantería hasta ponerla delante de la puerta de comunicación con la habitación de la señorita García? - le pregunté mirando las marcas dejadas en el suelo -.

- Verá. A mí no es que me gustase mucho ver todo el rato una puerta en la pared. Los pensamientos se me iban hacia ella. Tenía la impresión de que en cualquier momento podía entrar alguien y asaltarme y...

- Bueno, de acuerdo. Otra pregunta, ¿fuma usted?
- Oh, sí señor, pero menos que hace un tiempo. Estoy empezando a aborrecer ese vicio...

- Vale, hemos acabado. Gracias por todo.
Al salir de la habitación don Fernando empezó a avasallarme con preguntas.
- Y ahora interrogaremos a los Fínnigan, ¿no?
- No, quiero interrogar al doctor, porque...
- ¡Vaya!, ¡por fin te encuentro aprendiz de detective! – gritó alguien situado a mi espalda -. Me volví y me encontré cara a cara con el inspector Miller.
- Mira, yo ya he acabado con los interrogatorios y tú solo has hecho tres. Sólo me falta interrogar a la señorita Gar... ¡EH! ¿Qué es eso que tienes ahí...? Vaya, un espejo roto. No creí que vosotros dos fueseis a caer tan bajo... Bueno, adiós aprendices - y se fue corriendo -.
- Cualquier día cojo la escopeta y... ¡anda! Mira la hoja que se le ha caído del bolsillo - dijo don Fernando -. Parecen las anotaciones que ha hecho sobre los interrogatorios...

Cogí el papel mientras soltaba una carcajada y me puse a escribir en mi cuadernito. Hice bajar a don Fernando al salón, nos sentamos en un sofá y le enseñé la lista que yo había escrito:

¿¿?? Significa: “por aclarar”

20:30 Llegada de Miss Ámsterman y cena (todos los invitados del segundo piso menos el coronel Brown que no bebía vino, son narcotizados).

20:55 El coronel Brown ingiere sus pastillas junto con el narcótico y cae dormido (Bonelli y Fínnigan se encontraban en el pasillo, antes Brown les ha pedido que bajen a la fiesta...).

21:10 El profesor García abandona la mansión.

23:00 Todos los que ingirieron el narcótico en la cena se duermen.

01:50 Miss Ámsterman se levanta para ir al baño.

01:55 Miss Ámsterman ve una luz tenue en el pasillo y corre a su habitación (primer ruido)

02:00 El Sr. Fínnigan se queja en voz alta porque le han apagado la luz ¿¿?? (Segundo ruido)

02:05 Se escucha el corte del cable de la alarma antirrobo (tercer ruido)

02:55 A partir de esta hora no se pudo cometer el robo si creemos el testimonio del coronel Brown.

- ¿Has sacado alguna conclusión? - le pregunté a don Fernando.
- No, ¿y tú?
-No, ninguna. Aún nos queda algo que inspeccionar.
- ¿El qué?
- Los equipajes del doctor Olgerson, del coronel Brown y de la pareja Fínnigan.

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CAPÍTULO 13, EN EL QUE REVISAMOS LOS EQUIPAJES DE CUATRO INVITADOS Y DESCUBRIMOS QUE ALGUIEN INTENTA IMPEDIR QUE LLEGUEMOS AL FONDO DEL ASUNTO

En seguida llegamos a la habitación del doctor Olgerson. Tenía únicamente una cama, un armario enganchado a la pared con hierros y un gigantesco baúl en el suelo.
- Buenas tardes doctor. Aquí nos tiene de nuevo. Venimos...
- Díganme. Ese tipo de antes era el inspector de policía, ¿no? Pues tenía la misma forma de comportarse que esos tipos que hacen grafitis en los cristales de los escaparates.
- Mira, alguien comparte mi opinión...- murmuró don Fernando.
- Necesito registrar su habitación y los equipajes, si no le molesta...

Con una llave que me entregó el doctor pude abrir el gran baúl que había traído consigo. Ni rastro de las tijeras ni de ninguna prueba que pudiera implicarle como ladrón. Luego registré también el armario y el suelo bajo la cama, pero nada. Al final, parecía que el doctor no tenía nada que ver con el robo de las joyas...
- Le ruego que nos disculpe si hemos sospechado de usted. De verdad es inocente – afirmé -.
- ¡Qué bien! Empezaba a pensar que me estaban tomando por un vulgar ladrón de joyas...

Al salir de la habitación del doctor, nos dirigimos a la habitación de los señores Fínnigan. Nada más entrar realicé una inspección general con la vista: aquella habitación estaba bien amueblada, con muchas estanterías, una gran alfombra de topos blancos y un par de gigantescos armarios a los lados de las camas.

Vino a recibirme el señor Fínnigan, gruñendo.
- Usted es el detective, ¿verdad? Pues explíqueme quién era ese tío con cara de chorizo que ha venido antes a hacernos unas preguntas. Tenía la misma forma de comportarse que esos tipos que hacen los grafitis en los cristales de los escaparates...

- Al decir “hacernos” supe que no estaba solo. Detrás de él estaba sentada una señora joven, de unos treinta años, con el pelo rubio y grandes ojos oscuros y saltones. Tenía un pañuelo rosa con dibujitos de color rojo que me recordaba a algo pero no sabía exactamente a qué.

- Sí señor. Ese otro era el inspector de policía, Miller. El está...
- Sí, sí, déjelo. ¿Qué desea usted ahora?
- Necesito registrar su habitación si no les importa... Y me puse a rebuscar. Cuando terminé, lo único que había encontrado era un montoncito de polvo, igual que en la habitación del signore Francesco.
- Bueno, al final parece que no... - me quedé callado de repente porque había descubierto algo muy interesante -.
Les pedí que saliesen todos de la habitación y pulsé el interruptor de la luz para apagarla. La habitación quedó completamente a oscuras. Luego volví a encender la luz.
- Ya entiendo el lío de las luces – murmuré -.

¿QUE TENÍAN DE EXTRAÑO LAS LUCES DE LA HABITACIÓN DE LOS FÍNNIGAN?


- ¡Claro! – había pensado -. Por eso les podían haber apagado la luz a los señores Fínnigan; las lámparas de la mesita se encendían con el mismo interruptor que las luces grandes del techo.

Seguidamente nos despedimos y nos dirigimos a la única habitación que faltaba, la del coronel Brown. Al llegar vimos que la puerta estaba entreabierta. La empujamos y entramos. La habitación estaba completamente ordenada y el coronel estaba sentado en una silla, murmurando cosas por lo bajo. Cuando nos oyó entrar se dio la vuelta.

- Con todos mis respetos, ustedes que son de confianza, ¿podrían decirme quién era ese señor que vino antes? Porque tenía misma la forma de comportarse que los que hacen los gra...
- Sí, sí, ya lo sabemos - le interrumpí -. ¿Podríamos registrar la habitación?
- Sí, claro – contestó -.

Abrí las maletas mientras que don Fernando registraba el armario. Removí bien todas las cosas hasta que debajo de una chaqueta toqué algo duro. Lo aparté todo, metí la mano y saqué unas tijeras grandes de podar con una raspadura en el mango, un mango de color amarillo.
Cuando el coronel vio lo que yo había encontrado en su maleta palideció, y luego perdió su habitual compostura, o sea, estalló.
- ¡Eso no es mío, señor, le digo que no se cómo ha ido a parar ahí! ¡Si va a acusarme le digo que no tengo ni idea de...!
- Tranquilo, ¡tranquilo! - le dije .- No tengo pruebas concluyentes y no sé si podré obtener huellas No le he acusado.
- Ah, bueno... - dijo aún pálido -.

- Tenemos que seguir buscando pistas... hasta luego señor. Al salir de la habitación alguien me empujó hacia delante. Al darme la vuelta me encontré frente a un señor con cara de pocos amigos. Llevaba una gorra azul marino y vestía un uniforme negro que estaba a punto de reventar. Aquel era un señor muy, muy gordo. Reconocí al odioso sargento Burke, mano derecha del inspector Miller. Detrás de él iba el no menos conocido agente Giraldo, con otros dos policías a los lados.

- ¡Apártese de en medio! - me gritó el sargento Burke en la cara -. Vamos a apresar al ladrón de las joyas por orden del inspector Miller - y entraron en la habitación de los señores Fínnigan -. Al momento salían de allí; los dos policías desconocidos estaban agarrando a un furioso míster Fínnigan.
- ¡Qué les estoy diciendo que no soy el ladrón! ¡Yo no he hecho nada! - gritaba -.
- ¡Alto! ¡Él no es el ladrón! – grité -. En vano.
- ¡Cuéntele sus historias al inspector! ¡Él sí que tiene pruebas de quién es el ladrón!
Agarré del brazo a don Fernando y tiré de él hasta el primer piso. Le llevé hasta el cuarto de las llaves.
- Rápido. Necesitamos registrar el cuarto trastero de este piso. ¿Cuál es la llave?
Don Fernando echó una mirada a las tablas y me miró pasmado.
- ¡No está la llave! ¡Ha desaparecido!
- Me lo imaginaba. Hay alguien en esta casa que quiere impedir que resolvamos este robo.
- Pero, ¿dónde puede estar?
-¡Ah! ¡Ya la encontré! - grité -.

¿DÓNDE ESTABA LA LLAVE DEL CUARTO TRASTERO?


- ¡Ajá! - dije sacando la llave de entre las piedras del alfeizar de una de las ventanas -. Parece que nuestro ladrón no tuvo tiempo suficiente para esconder la llave...
Con don Fernando siguiéndome y la llave en el bolsillo corrí al cuarto trastero. Metí la mano en el bolsillo pero... ¡no la encontré!
-¡Volvamos, rápido! ¡Se me habrá caído la llave por el camino!

Esta vez fue don Fernando quien corrió más rápido. Cuando estábamos a punto de llegar al cuartito de las llaves chocó con una persona muy conocida, el mayordomo.
- Ah, señor. Es usted. Me he encontrado esto en el suelo, señor – y nos enseñó la llave color bronce. Es del cuarto trastero. ¿Sabe ust...?

-¡Charles! ¡La necesitamos! ¡Muchas gracias!

El mayordomo se fue y don Fernando y yo (que no sabía que el mayordomo se llamaba Charles) recorrimos nuevamente el primer piso hasta llegar al trastero. Metí la llave en la cerradura y esta giró a la perfección. Los dos entramos y yo utilicé en seguida mis dotes de observación y deducción, cualidades que un buen detective debe poseer y que el inspector Miller no tiene.

¿ERA VERDAD QUE EL LADRÓN DE LAS JOYAS HABÍA ESTADO EN ESTE CUARTO?



CAPÍTULO X y XI

Próximos capítulos 14 y 15  Sábado 19 de Enero


Prologo  Enrique solo tiene 11 años y empezó a escribir este relato con 10

6 comentarios:

  1. Cada vez me asombra mas la imaginación y creatividad que tiene.
    Un abrazo

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    1. Y a nosotros. Aunque tengo todo el relato lo voy leyendo a la par que vosotros. Así le doy tiempo a mis ojoas a descubrir las pistas que no descubro ni una antes de que lo explique.
      Bss

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  2. Son cosas mías ¿ o le ha metido un ritmo más trepidante en estos dos capítulos? Desde luego que va ganando por momentos.

    Feliz fin de semana

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    1. Yo creo que va ganando. Como le decía a Chelo tengo el relato completo encuadernado, pero lo voy leyendo a la par que lo publico. Y no se el final:-)
      Bss y buen finde

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  3. Este detective no es el más modesto del mundo, pero sus razones tiene para sentirse orgulloso: realmente es bueno. Es evidente que está haciendo grandes avances, así que apuesto a que resolverá el caso. Yo me siento más bien como Miller.

    Y se ha aguantado usted las ganas de saber cómo acaba!

    Feliz domingo, madame

    Bisous

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    1. Eso mismo pienso yo madame. Pero hay que dejarle la fantasía de contarlo en primera persona.
      Pues es verdad. Tengo el librito encuadernado y dedicado, pero me ha gustado la idea de ir a la par.
      Buenas noches.
      P

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Bienvenido. Gracias por tus palabras , las disfruto a tope y además aprendo.

“EL TIEMPO QUE PERDISTE POR TU ROSA HACE QUE TU ROSA SEA TAN IMPORTANTE”. Saint-Exupéry

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