"La mejor herencia que se le puede dar a un niño para que pueda hacer su propio camino, es permitir que camine por sí mismo." Isadora Duncan

"Estoy convencido que uno de los tesoros que guardan los años es la dicha de ser abuelo"
Abel Pérez Rojas

"No entiendes realmente algo a menos que seas capaz de explicárselo a tu abuela." Albert Einstein

domingo, 20 de julio de 2014

El Enigma de la Atalaya. 7.- Vino en vez de cerveza


 17 de Mayo / Lunes.-

Después del ingreso de Teresa Pérez en la clínica, Atalaya Village comenzó a perder el poco orden que le quedaba. Los barrenderos que estaban a favor de Teresa Pérez se pusieron en huelga y todo se llenó de basura. Algunos policías como protesta comenzaron a hacer barrabasadas. Atalaya News se salió de su línea y empezó a publicar cosas aún más grotescas que antes.
Al mediodía, el ex comisario leyó por quinta vez el texto de la portada de aquel día: ATALAYA VILLAGE, DESPRESTIGADA. Debido a la locura sobrevenida a la alcaldesa Teresa Pérez, se hace con el gobierno el comisario Gómez y el pueblo decae. Atalaya Village está descontrolado, en la imagen pueden verse los efectos derivados de la ausencia de Teresa Pérez.
La imagen correspondía a una parte de la avenida Almirante Ortega, toda llena de basura.
-Y eso que apenas este pueblecito no es grande en número de habitantes… -comentó el ex comisario-.
El comisario Gómez parecía a punto de llorar. Cada dos por tres entraba una bola de papel por la ventana y le daba en la cabeza y hasta en el bigote.
El ex comisario mientras pensaba…pensaba… Sabía que se le escapaba algo… Decidió concentrar sus ideas en lo que había ocurrido la noche en que tuvo dolor de cabeza. ¿Qué era aquella música de piano que escuchó? ¿Por qué sonaba tan fuerte a aquellas horas?
-Contéstame una pregunta, ¿hay en el pueblo quien sepa tocar el piano? -preguntó cuando una bolita de papel especialmente voluminosa le saco de sus pensamientos-.
-Oh, claro que sí. La señorita Adela Rodríguez da clases de piano. ¿No vistes los anuncios del panel en la Taberna Real?
-Sí, es verdad…bien, quiero verla.
-Nada más fácil. Ahora mismo no tenemos nada mejor que hacer.

************

Gran parte de las personas que el ex comisario Longman iba conociendo vivían en la calle Almirante Ortega. Xavier McKinnon, Miguel Mora y, ahora, Adela Rodríguez. Al llegar a la casa que indicaba el anuncio y que no desentonaba con las de alrededor, llamaron al timbre. Un momento después les abrió la puerta una joven. Era muy guapa, de pelo negro y piel muy lisa. Vestía unos pantalones vaqueros y una camiseta de manga corta y lucía un voluminoso anillo en una mano. Les saludó con una gran sonrisa.
-¡Buenos días señor comisario! ¿A qué debo esta visita? Buenos días, señor…
-Longman –completó Gómez-. Es ex comisario y nos está ayudando en las investigaciones que llevamos a cabo. Quiere preguntarte un par de cosas.
-Adelante –contestó ella-.
-¿Cuánto tiempo lleva usted viviendo en el pueblo de Atalaya Village? -inquirió Longman-.
-Unos cinco meses.
-¿Estaba Ud. a favor de Ernesto Saavedra en las elecciones celebradas?
-Oh, esto…
-Pertenece a la asociación Mujeres unidas -le susurró el comisario por lo bajo-.
-Perdón -se disculpó el ex comisario con un bufido-. ¿Desde cuándo sabe tocar el piano?
-Oh…pues…desde niña, pero…
-Claro, claro. ¿Qué le han robado?
-Hum…el primer día, mi billetero. Afortunadamente sólo tenía un par de billetes. Pero el sábado me robaron el resto de mis billetes de veinte. Más de ciento setenta euros…
-De acuerdo -dijo el ex comisario y murmuró para sus adentros unas frases ininteligibles-. Supongo que tendrá un piano en casa, ¿verdad?
-Por supuesto. ¿Necesita verlo? Adelante.
Les guio a los dos por la pequeña casita, pasando de un saloncito rosa a un salón con un piano, un gran piano de cola negro, que ocupaba casi toda la estancia. El ex comisario lo registró de arriba abajo.
-¿Conoce usted a alguien más del pueblo que tenga un piano?
-Creo que la señorita Teresa Pérez tiene uno, y también el señor McKinnon.
-Bien. Gracias.

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Caminando hacia el hostal pasaron al lado del río.
-¿Por qué te interesaba el piano? ¿Tiene algo que ver con el caso? –preguntó el comisario Gómez-.
-Creo que sí -contestó Longman-.
Le contó a su anfitrión lo ocurrido la noche del dolor de cabeza.
-¿Estás seguro de que la música era de piano? Qué raro… Adela Rodríguez no tiene pinta de sospechosa –comentó Gómez-.
-Está recién llegada al pueblo, es nueva. Pudo venir con el objetivo de cometer los robos –sugirió Longman-.
-Es verdad. Y también Manuel Anselmo…
-¿Quién es Manuel Anselmo? -preguntó el ex comisario con tono inquisitivo-.
-El director del banco, el único banco de Atalaya Village. Además…
-¿Banco? Mmmm… ¿Han robado algo allí?
-Claro que sí -contestó amargamente el comisario-. Mucho dinero y en circunstancias aún más extrañas de las que estamos viendo estos días.
-¿Podemos ir a verle? –pidió Longman-.
-Pensaba que deberíamos visitar primero a…
-No, no. Necesito que me expliquen esas extrañas circunstancias.

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En ese momento en la Taberna Real de la plaza mayor de Atalaya Village tenía lugar una escena extraña. Julio Carralero se encontraba en una mesa alejada de la barra, en el rincón más apartado. Se mordía las uñas con impaciencia y miraba constantemente el reloj de pie situado en un rincón. También echaba fugaces miradas a Samuel Maya, que iba de una mesa a otra sirviendo bebidas. En un momento determinado hurgó en su mugriento bolsillo y sacó de él un billetero sucio y deshecho. Miró cuánto dinero tenía y resopló.
En ese momento entró en la taberna una figura envuelta en un abrigo grueso y una bufanda. Quien fuera se sentó frente a Julio Carralero.
-Pensé que no habrías llegado –dijo con clara e inconfundible voz de mujer.- Nunca eres puntual.
Carralero echó otra mirada nerviosa al reloj.
-¿Qué querías? El comisario puede aparecer en cualquier momento…
-Quiero que vayas al sitio de siempre y hagas lo que tienes que hacer. Si lo haces bien, te daré el treinta y cinco por ciento –dijo la mujer-. ¿Qué te parece?
-De acuerdo, claro que sí. Por un treinta y cinco por ciento hago lo que sea. A sus órdenes.
-¡Ah!, y a mi compañero le gustará tener una pequeña charla contigo después. Esta noche volveremos a actuar, no te olvides de lo que tienes que hacer.
La mujer se levantó y salió presurosa de la taberna. Se dio la vuelta y observó a Julio Carralero a través del cristal.
-Puedes olvidarte del treinta y cinco por ciento –pensó-. Luego alejó de prisa.

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La casa del tal Manuel Anselmo parecía tan lujosa como la de Ernesto Saavedra. Aunque sólo tenía un piso, doblaba en metros cuadrados a cualquiera de las casas de la misma calle. Las paredes estaban revestidas de mármol claro y el tejado de pizarra estaba tan pulido que parecía un espejo. Resaltaban las ventanas sobre las paredes porque estaban rodeadas de un marco dorado.
Comisario y ex comisario se encontraban en la entrada. Llamaron, se oyó un correteo y un momento después, se abrió la puerta.
El ex comisario Longman se restregó los ojos para asegurarse de que veía bien. En el dintel se encontraba un hombrecillo muy curioso. Era aún más bajo que el comisario Gómez y eso ya era mucho decir. Vestía unos pantalones de pana marrones y una camisa a rayas blancas y negras. Tenía un pequeño bigote y barba de unos días y llevaba unas gafas redondas minúsculas, que le habrían cabido a alguien en una mano. Tenía los ojos un poco bizcos, pero eso no restaba nada a la mirada inteligente que tenía. Aquel, pensó el ex comisario, debía de ser Manuel Anselmo.
-Buenos días, señor comisario -dijo con una voz extrañamente aguda.- ¿A qué debo el honor de esta visita?
-Bueno, ejem, mi amigo, el…
-¡Ah! ¿Es usted el…el famoso detective Henry Longman?
El ex comisario Longman, que no se esperaba tan efusiva bienvenida, asintió sorprendido.
-¡Soy…! Perdón, –dijo mientras recobraba la compostura Manuel Anselmo-, soy su mayor admirador, señor Longman.
En ese momento, se escuchó en el interior de la casa un ruido de cristales rotos. Al director del banco se le subieron los colores.
-Bien, caballeros, entonces ¿cuál es el motivo de que hayan venido? –preguntó-.
-Bueno, Longman quería hacerle unas preguntas.
-Oh, sí. Pasen, pasen. Hoy el banco está cerrado y no tengo que ir a trabajar.
Los llevó a través de un salón azul a otra habitación, esta decorada en tonos rojizos. Aquel cambio de color tan brusco le hizo daño en los ojos al ex comisario. El salón tenía una mesa de madera, varias ventanas -una de ellas abierta-, unos cuantos muebles y una nevera. En el suelo se encontraban esparcidos varios trozos de cristal a los que el director del banco se acercó rápidamente.
-Je, se me cayó la copa cuando salía fuera -se apresuró a explicar mientras recogía los vidrios-. ¿Tomarán algo?
-Sí, gracias. Vino.
-Cerveza bien fría por favor –pidió el ex comisario-.


El hombrecillo se acercó a la nevera.
-Lo siento, señor Longman, pero no me queda cerveza…, qué raro, llené la nevera con botellines hace un par de días.
-Bueno, pues en tal caso vino también –dijo Longman-.
Manuel Anselmo se apresuró a servir tres copas.
-Salud- dijeron al tiempo él y el comisario-.
Longman se limitó a observar su copa con el entrecejo fruncido. Los otros dos se llevaron la copa a los labios.
-¡Quietos! -gritó de repente el ex comisario-. El director del banco se llevó tal susto que casi soltó la copa de vino. El ex comisario cogió la botella de vino que reposaba sobre la mesa y la señaló con un dedo amenazador.
-¡Cianuro recién disuelto! –afirmó-.
-¿Qué? -dijo el comisario Gómez confundido-.
-¡La de veces que han intentado envenenarme! En esta botella hay cianuro potásico recién disuelto. Lo noté por el olor. ¿Qué pretendía Sr. Anselmo? ¿Matarnos?
Manuel Anselmo temblaba.
-No… ¡No he sido yo! ¡Yo no sabía…!

“Aunque sólo tenía un piso, doblaba en metros cuadrados a cualquiera de las casas de la misma calle”


Unas horas más tarde el ex comisario se acercó a la comisaría y tras tener una breve conversación con Sebastián entró en el caluroso despacho del comisario Gómez. Le encontró muy atareado, con montones de papeles sobre la mesa y aspecto de convaleciente.
-¿Qué hay? –dijo Gómez-.
Estiraba el cuello para poder ver al ex comisario por encima de los expedientes.
-¿Podría hablar con Manuel Anselmo? –preguntó Longman-.
-Está en la sala de interrogatorios. Sigue diciendo que él no puso el veneno en la botella. Creo que está más claro que el agua que sí fue él –dijo el comisario con los ojos ya bajos mirando hacia los papeles-.
-Bien –cortó Longman-.
La sala de interrogatorios era la habitación más pequeña de la comisaría. Había allí una mesa, un par de sillas y unos archivadores de metal apoyados contra la pared. Entraba algo de luz por una pequeña ventana. En el asiento situado más lejos de la puerta estaba sentado Manuel Anselmo, el director del banco. Llevaba un ridículo sombrero verde. Parecía asustado y miraba por la ventana. Al oír entrar al ex comisario pegó un respingo.
-¡No! ¡Yo no lo puse! ¡No fui yo! –comenzó a gritar-.
-Ya sé que no fue usted- le tranquilizó el ex comisario-.
Se sentó y le miró fijamente.
-La copa se rompió cuando usted estaba en la entrada con nosotros. La ventana estaba abierta cuando entramos en la sala y había huellas en el alféizar. Y usted no tenía botellas de cerveza en la nevera porque se las habían robado.
-¿Qué me las robaron? -contestó Manuel Anselmo-. ¿Por qué motivo?
-¡Para asegurar que usted se vería obligado a servirnos vino! Si hubiesen metido el veneno en una botella de cerveza, nunca la habríamos compartido los tres y no hubieran garantizado que todos bebiéramos.
-Ah… ¡Gracias, gracias! ¿Cómo puedo…?
-Explíqueme lo que pasó en el banco –pidió Longman-.
-Verá, la caja fuerte del banco, aunque parezca vieja, es muy segura. No se puede abrir con nada excepto con la llave que tengo yo. ¡Y duermo con ella bajo el colchón! Bien, no sé qué pasó exactamente esa noche. Sé que tuve la llave todo el tiempo bajo el colchón y a la mañana siguiente comprobé que seguía allí. Es inexplicable, pero al llegar al banco, descubrí que había desaparecido una considerable cantidad de dinero de la caja. ¡Mis vecinos pueden atestiguar que yo no salí de casa aquella noche!
-Ajá. Hablaré con el comisario Gómez. Váyase ahora y sepa que Henry Longman le vigila. Váyase.
Muy contento, el estrambótico hombrecito abandonó la sala de interrogatorios.


Recapitulando
Presentación y personajes
Capítulo 1.- Robos (Primera parte)
Capítulo 1.- Robos (Segunda parte
Capitulo 2.- Crimen y explosión
Capítulo 3.- El Alijo
Capítulo 4.- El loco del mercado
Capítulo 5.- La nueva alcaldesa 2ª parte
Capítulo 6.- Locura y Maldiciones

1 comentario:

  1. Pues yo no me iría tan contenta si supiera que el detective Longman me vigila! A menos, claro está, que fuera inocente. Me pregunto si estamos ante un inocente o ante un incauto.

    Buenas noches, madame

    Bisous

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Bienvenido. Gracias por tus palabras , las disfruto a tope y además aprendo.

“EL TIEMPO QUE PERDISTE POR TU ROSA HACE QUE TU ROSA SEA TAN IMPORTANTE”. Saint-Exupéry

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