"La mejor herencia que se le puede dar a un niño para que pueda hacer su propio camino, es permitir que camine por sí mismo." Isadora Duncan

"Estoy convencido que uno de los tesoros que guardan los años es la dicha de ser abuelo"
Abel Pérez Rojas

"No entiendes realmente algo a menos que seas capaz de explicárselo a tu abuela." Albert Einstein

viernes, 17 de enero de 2014

Con diez cañones por banda. Capítulos XI, XII y Fin


3. … mi ley, la fuerza y el viento…

- Míster Peary, usted no vio al señor Marcel. Usted vio el cuerpo del capitán Davidson apoyado contra la pared. El señor Marcel anestesió al capitán, le golpeó hasta matarle a la once y cuarto, disparó al aire para inducirnos a pensar que el asesinato se había producido a las once menos cuarto – dado que no encontraríamos sangre en la herida - y colocó el cadáver de pie. Luego se escondió entre los botes salvavidas. He encontrado manchas de sangre seca en la pared. No las limpió el mar porque las cubría el cadáver. En el interrogatorio me dijo que había estado fumando a esa hora… ¡Ja, ja y ja! ¡Estaba lloviendo y las olas barrían la cubierta! Es imposible fumar en esa situación. La sangre producida por el golpe se la llevó el mar. De todas formas, míster Peary no podía distinguirla desde arriba. Y el cuerpo, como ya he dicho, estaba colocado contra la pared. El señor Marcel sabía dónde se encontraba míster Peary y lo que podía observar desde su punto de vista. Míster Peary le vio y pensó que todo estaba tranquilo. Pasada media hora, a las doce menos cuarto, el señor Marcel salió del escondite, disparó en la frente de Davidson, lanzó el cadáver por la borda y ocupó su lugar. A las doce, míster Peary se le acercó y le pidió ayuda para buscar al capitán.
- ¿Y cómo no se oyó el silbido del disparo de las doce menos cuarto? – cuestionó don Alberto.
- Porque utilizó la manta que tenía en su habitación. ¿Por qué tenía hollín? Porque la usó para disparar, disparó con la manta cubriendo la pistola. Encontré muy raro que en la pistola faltasen dos balas cuando se supone que sólo se disparó una. Eso me puso sobre la verdadera pista.
- ¡Eso es una suprema estupidez! ¡Han podido colocarme la manta con el hollín en mi armario! – exclamó el señor Marcel -.
- Ciertamente tenía era duda. Por eso, al final de su interrogatorio, le pregunté si cerraba su camarote con llave y me contestó que sí. Por lo tanto, nadie excepto usted mismo pudo guardarla.
- ¿Y por qué sospechaste del señor Marcel? – preguntó don Juan Luis.
- Las únicas pruebas que encontré contra el señor Marcel eran la huella situada sobre el escritorio del capitán, tapada accidentalmente por una carpeta, y la manta llena de hollín. Esta huella del escritorio se correspondía con los zapatos rojos del señor Marcel. Rojos, para disimular la sangre que, seguramente, se desprendería del cadáver. La sangre seca es bastante difícil de quitar de la ropa y, si se trata del calzado, más difícil todavía. El señor Marcel era el único que podía evitar mancharse los zapatos sin que me diese cuenta. Si se manchaba el albornoz, daría igual… ¡Ah!, ¡se me olvidaba! Este botecito lleno de sangre, no está lleno de sangre. Es tinta, tinta de dibujo. Del kit de pintura del señor Marcel.
El señor Marcel tembló aún más.
- Tras cometer el asesinato el señor Marcel entró por la ventana de la habitación del capitán, que había dejado abierta con anterioridad, dejando la huella sin darse cuenta. Quemó la carta, cerró la ventana, dejó el albornoz en el armario, abandonó las siete pistas en la mesita y salió por la puerta, cerrándola pero sin usar la llave. Poco más tarde entró furtivamente en el camarote de Matías y colocó la llave inglesa llena de sangre, en su armario. Matías se dio cuenta de que alguien había entrado en su habitación al descubrir la huella del suelo, y de hecho había creído ver por la noche a alguien en su dormitorio. Esto es psicología pura. Tras un descubrimiento especial, alguien puede llegar a pensar que ha visto algo. Matías dormía como un ceporro. Desde mi propia habitación yo oí sus ronquidos. Por eso me extrañó que dijese que había visto a alguien. Está claro que Matías no vio a nadie puesto que habría podido reconocer al individuo. Bueno, después de esto, el señor Marcel volvió a cubierta, a su puesto.
El señor Marcel me miraba con los ojos muy grandes, incrédulo.
- Si yo en este momento tuviera un sombrero puesto, señor Marcel, me lo quitaría dando muestras de asombro. Su plan ha sido perfecto. No podía ser mejor su idea de dejar exactamente ocho pistas, cada una acusando a una persona, incluido usted. Para acusar a don Juan Luis, dejó su mechero. Para acusar a don Alberto, dejó su caja de cerillas. Para acusar a don Matías, dejó en su armario la llave inglesa. Por don Luis dejó uno de sus paquetes de clínex. Por don Miguel, dejó el pañuelo verde. Para acusar a míster Peary, dejó sus gafas de sol. Para acusarme a mí, dejó usted mi pañuelo blanco. Para acusarse a usted mismo - le señalé -, dejó su propia caja de cerillas. Me costó encontrar un motivo para que no dejase usted una pista falsa por su ex mujer. Ahora resulta que lo que pretendía era acusarla.
El señor Marcel masculló por lo bajo.
- Además, su antigua esposa sabía que era usted el asesino. Tras leer los periódicos, y precisamente por eso, se negó en redondo a hablar. Más tarde, para desviar de usted las sospechas, se le ocurrió decir que alguien había pasado furtivamente por delante de su dormitorio. Eso me hizo centrar mis pesquisas en el primer piso, y dejarle a usted al margen. Es gracioso: ella tratando de protegerle a usted y usted intentando acusarla a ella. Es usted un miserable, Marcel. Me aseguraré de que no vuelva a hacer de las suyas.
El señor Marcel elevó la voz un poco, solo un poquito más.
- Bien, de acuerdo. Me ha descubierto usted. Deténganme pero sepan que, sin mí, no conseguirán escapar de la explosión del barco. Podría arreglar los motores con la condición de que ustedes me liberaran al llegar a un puerto.
- Ha perdido usted, señor Marcel. No se va a producir tal explosión – le dije -.
- ¿Pero qué dice? ¡Los motores están averiados y hasta el capitán Davidson pudo comprobarlo!
- El capitán Davidson no lo comprobó. Usted se lo dijo, y él, tan crédulo, se dejó engañar. Hablé con él la noche anterior del crimen y me aseguré de que todo era un montaje.
Miré a los demás.
- La manera de liquidarnos que había ideado el señor Marcel era la de poner veneno en la sopa. Menos mal que Matías le descubrió. El tipo que escapó por la ventana era usted, por supuesto, vestido con el albornoz negro del capitán.
- ¡Ahora lo entiendo! - dijo don Luis -.
- Más tarde, después de envenenarnos a todos, planeaba usted quedarse con el barco y utilizarlo para piraterías de las suyas, ¿verdad?

4. …mi única patria, la mar.”

El señor Marcel me echó una mirada aún más rabiosa que las anteriores. Luego, bajó la cabeza.
- Todo ha sucedido tal como usted ha explicado – confesó -. ¿Cómo ha podido adivinarlo todo?
Yo no contesté. Eché una dura mirada al marinero. Luego, don Luis lo agarró y se lo llevó.

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Tras encerrar en un camarote al señor Marcel, don Luis vino a hablarme.
- Casi logras asustarme de verdad cuando me estabas acusando.
- Lo siento, lo has hecho muy bien Luis. Quería ver la cara que pondría el señor Marcel cuando te acusara a ti. Se le ha notado a la legua que era el asesino. ¿Sabes qué hizo? Compuso la sonrisa más maquiavélica que jamás hayas podido ver.
- Gracias por no sospechar de mí, Enrique.
- Gracias a ti por lo mismo.

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Más tarde bajamos a la sala de máquinas. Todo estaba en buenas condiciones, según había comprobado y explicado. Pusimos el barco en marcha y nos dirigimos de vuelta a Londres. Por esta vez no iríamos a Nueva York, ya habría otra ocasión…
Cuando ya habíamos enfilado rumbo de regreso subí a cubierta para tomar el fresco. Reclinada contra la barandilla se encontraba Linda Thompson.
- ¿Se encuentra mal? – le pregunté -.
-No, no es eso. Es que… yo trataba de defenderle… y él… y él… me acusaba de… de…
Sollozó.
- Es usted demasiado confiada. Hágame caso: mire el mundo desde un plano lateral – le aconsejé -.
- Tiene usted razón. Bueno, gracias, voy a…
- ¿Está usted cansada de ser “mayordoma”, verdad?
- ¿Cómo lo sabe?
- Se le nota, sobre todo después de estos días. Yo puedo encontrarle otro trabajo, si quiere. Tengo una amiga aquí, en Londres…- le ofrecí -.
Pensaba en Patty Blackhouse, la hermana de una víctima de asesinato cuyo caso resolví.
- Usted…usted…
- Sé vivir. Y con eso me basta – le sonreí -.

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Míster Peary había permanecido callado paseando por la cubierta durante un largo rato mientras yo conversaba con Linda Thompson. Se me acercó.
- Gracias por haber hecho justicia con mi amigo - me dijo -.
- Es mi trabajo – repliqué -, lo he hecho de buena gana.
- Estoy encantado de haberle conocido – añadió -.
- Encantado yo también – le respondí -.
- Oiga -, una última pregunta, ¿usted cómo aguanta estas investigaciones?
- Sé vivir - respondí, riendo -.

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Dos días después estábamos de regreso en Londres. Entregamos al señor Marcel a la justicia y con su confesión, junto a la de un tal ex comisario McKinley, se pudo detener a los tipos que dirigían la banda de contrabando y que eran los últimos responsables de los asesinatos. Junto a ellos el señor Marcel fue juzgado, el proceso fue como la seda y los culpables condenados.
Al día siguiente, Linda Thompson presentó su, - por decirlo así -, heroica dimisión como asistenta. Se marchó del hotel y don Juan Luis nunca volvió a saber de ella, se quedó un poco chafado porque nunca se enteró de lo que había pasado. Después de recoger todas nuestras cosas una vez arreglados todos los flecos del caso nos dirigimos al aeropuerto. Ya en el avión y tras coger asiento, don Luis me hizo la pregunta que yo estaba esperando,
- Enrique, ¿has descubierto lo que quería decir el mensaje quemado?
- Por supuesto – dije con una sonrisa -. El mensaje completo decía: “Davidson, debes morir en el acto. Me aseguraré de que no haya testigos.”
- ¡Qué criminal! – exclamó don Luis -.
- Y casi muere él también. Esa tormenta podía haber hundido el barco.
- Bueno, la historia acaba aquí. Una cosa, ¿cómo decía el poema de Espronceda? Ese del que me hablaste el día que descubrimos el mensaje.
- Je, je, pega con la historia, ¿eh? Comencé a tararear.


“Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela,
un velero bergantín…”



FIN


Presentación y Prólogo
Capítulos I y II
Capítulos III y IV
Capitulos V, VI, VII y VIII
Capítulos IX y X

6 comentarios:

  1. Genial.
    El gran público está esperando impaciente a este genio :)
    Un abrazo.

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    Respuestas
    1. Ojalá. Igual todo se queda en nada, pero aún así el chaval tiene mucho merito.
      Un abrazo

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  2. Me gusta eso de ver el mundo desde un plano lateral. Lo tendré en cuenta!

    Bueno, el detective Enrique ha vuelto a culminar con éxito otro de sus casos, y nos lo ha desmenuzado como si de un Hércules Poirot se tratara. Este detective dará mucho que hablar!
    Enhorabuena nuevamente al autor, y espero que nos siga deleitando con sus historias.

    Bisous

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    Respuestas
    1. Creo que en el siguiente relato ya no figura el, sino un detective llamado Henry que no es él:-) Lleva 90 folios escritos. Es una máquina madame.
      Gracias por su comentario.
      Bisous

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  3. Respuestas
    1. Muchas gracias. Solo tiene 12 añitos:-) Pero si sigue así algo bueno puede pasar. Es muy responsable- Gracias por comentar.
      Bss

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Bienvenido. Gracias por tus palabras , las disfruto a tope y además aprendo.

“EL TIEMPO QUE PERDISTE POR TU ROSA HACE QUE TU ROSA SEA TAN IMPORTANTE”. Saint-Exupéry

“EL TIEMPO QUE PERDISTE POR TU ROSA HACE QUE TU ROSA SEA TAN IMPORTANTE”. Saint-Exupéry