"La mejor herencia que se le puede dar a un niño para que pueda hacer su propio camino, es permitir que camine por sí mismo." Isadora Duncan

"Estoy convencido que uno de los tesoros que guardan los años es la dicha de ser abuelo"
Abel Pérez Rojas

Te quiero

Te quiero

"No entiendes realmente algo a menos que seas capaz de explicárselo a tu abuela." Albert Einstein

viernes, 13 de diciembre de 2013

Con diez cañones por banda. Capítulos V , VI, VII y VIII



PARTE SEGUNDA
LOS INTERROGATORIOS



1. En las oficinas del Yard

El comisario McKinley recorría intranquilo de arriba a abajo su despacho. En su cabeza fluían montones de ideas. Tenía los ficheros abarrotados y una gran lista de cosas en que pensar.
Entró en la habitación el sargento Peeves.
- ¿Tiene usted los informes sobre la muerte, Peeves? – le preguntó el comisario -.
- Sí, señor – contestó el sargento -.
- Léalos en voz alta – ordenó Mckinley -.
- Ayer fue muerto por bala un hombre, cómplice en el asalto a una joyería. Fue alcanzado por uno de nuestros agentes que respondía a sus disparos y abandonado por sus compañeros cuando fueron descubiertos en el atraco. No es que tenga mucho misterio, señor.
- ¿Y la otra? – preguntó el comisario -.
- Ah, es que… la verdad, no es una muerte nueva.
- ¿Entonces...?
- Se trata de un caso de hace tres días, el caso Oglander. ¿Recuerda señor?
- Sí, la anciana que murió de un ataque de corazón... ¿Qué ha pasado?
- Pues resulta que no fue esa la causa de la defunción. Murió por ingerir una fuerte dosis de narcótico. Tras un primer examen superficial el forense no había dicho nada sobre ello. Esta mañana hemos sabido que el doctor se ha esfumado, ha desaparecido.
- Pero entonces, ¿qué es lo que ha pasado? – interrumpió el comisario -.
- Pensamos, señor, que Oglander fue asesinada, más bien que fue obligada a ingerir el narcótico. El forense, para evitar que se descubriera el crimen, dijo que había sido un ataque cardíaco. Sospechamos que el forense era cómplice del asesino.
- Pero pudo ser un suicidio... – especuló Mckinley -.
- No, señor, porque en la estancia no se encontró ningún recipiente que contuviera los narcóticos. Como tomó gran cantidad, era imposible que los tuviera en la mano antes de ingerirlos. El asesino se llevó ese recipiente.
- Pero entonces era verdad lo que decía la carta... Lo que no entiendo es por qué el asesino no se la llevó también.
- Estaba muy bien escondida por lo que no debió de encontrarla – señaló el sargento -.
- Bien. Meta esos informes en el archivo, Peeves. Tenemos que coger a esos traficantes de estupefacientes con las manos en la masa. Gracias, sargento, puede retirarse.
Una vez que el sargento Peeves se hubo marchado el comisario cerró la puerta y se acercó furtivamente a la ventana. Se agarró a la enredadera que colgaba en el exterior y, con agilidad, comenzó a bajar por ella. Al llegar abajo, un hombre vestido de negro, aquel mismo que se había encontrado con la señora Oglander antes de su muerte, se le acercó.
- ¿Y bien? – preguntó el hombre vestido de negro -.
- Hay alguna novedad. Sigo obteniendo información de ese inútil y estúpido de Peeves. Acaban de descubrir que la vieja murió por los narcóticos. Ya te avisaré si hay algo importante.
Acto seguido, comenzó a subir por la hiedra.
“Ese inútil y estúpido de Peeves”, que se encontraba en el despacho inferior al del comisario al lado del cual éste acababa de pasar, no se había perdido ningún movimiento. Hacía varios meses que sospechaba y acababa de confirmar sus temores. El comisario McKinley pertenecía a la organización de los contrabandistas de drogas.


2. Don Miguel y don Juan Luis

A la mañana siguiente se sirvió el desayuno a las nueve. Todas las personas, incluido el siempre alegre don Miguel, subieron ojerosos y demacrados al comedor. Se miraban unos a otros pensando: “Este de aquí que tengo a mi lado es posiblemente... un asesino”.
Me senté en la misma mesa que don Luis.
- ¡Tengo una buena noticia, Luis! - dije para animarle -.
- ¿Qué pasa Enrique?
- Tú y yo estamos fuera de toda sospecha en el caso de que Matías haya dicho la verdad acerca de la hora de la muerte. ¿Recuerdas cuando viniste a pedirme una aspirina? En ese momento mataron al capitán Davidson. Por eso no hemos podido ser ninguno de nosotros dos.
- Ah... A propósito, he preparado algo que quizá necesites. ¡Como eres tan despistado!
Me enseñó una hojita de cuadros en la que estaba anotado:

22:40.- Hora más temprana posible en que podría haberse cometido el crimen.
22:45 (aproximadamente).- Asesinato del capitán Davidson por envenenamiento con cianuro potásico (acto seguido le golpearon la cabeza).
23:15 (aproximadamente).- Disparo de arma con silenciador.
23:40.- Hora más tardía posible en que podría haberse cometido el crimen.

- Yo también he escrito algo esta noche, en esta hojita. Mira, Luis – le pedí -.

Pistas encontradas en la habitación del Capitán Davidson:
x Albornoz negro (en un bolsillo, jeringuilla hipodérmica)
x Huella roja de zapato sobre el escritorio, bajo una carpeta
x Falta de jabones, toallas...etc. en el baño
x Cajas de cerillas (dos, de distintas marcas)
x Mechero con iniciales J.C.M.
x Papel quemado (posible mensaje del asesino)
x Gafas de sol (marrones, aparentemente masculinas)
x Dos pañuelos de tela sin iniciales (uno blanco de Enrique y otro verde)
x Paquete de clínex de Luis

- Sí, yo creo que no falta nada - dijo don Luis.- Pero ¿qué tiene que ver en todo este caso que el capitán fuese tan sucio que no tuviese nada de...?
- No sé. Lo apunto todo por si acaso.
Me guardé las dos hojas. En ese momento entró don Matías en el salón con una bandeja cargada de cruasanes y varios tarros de mermelada.
- Oye, Enrique, tengo una noticia – anunció Luis-. Recuerdas el disparo en la frente del muerto ¿no?
- Sí – le confirmé -.
- Bien, fue hecho con mi pistola.
- ¡Es verdad! ¿Tiene huellas dactilares?
- No lo he podido comprobar. Mi pistola ha desaparecido.

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Al acabar el desayuno me dirigí de nuevo a don Luis.
- ¿Quieres ayudarme con los interrogatorios? Se te da muy bien desmontar historias falsas.
- De acuerdo – me contestó -.
- Empezaremos con Juan Luis ¿vale?
Don Luis movió la cabeza, abatido. Don Juan Luis era su mejor amigo y también el mío; los dos sentiríamos mucho tener que detenerle por asesinato llegado el caso. Deseé que don Juan Luis tuviera una buena coartada.
Nos dirigimos al primer piso y entramos en su habitación. El dormitorio era probablemente el más amplio de todos. Tenía una mesa, un cuarto de baño como los demás... pero su cama era enorme, con dosel, y además su armario era mucho más grande que el de los otros camarotes. El suyo era el número 4.
Allí estaba don Juan Luis, con la puerta abierta y sentado frente al escritorio, con la mirada ausente, pensando.
- Oye, Juan Luis - dije, haciendo sin querer que se sobresaltara -. ¿Puedes dedicarnos unos momentos?
- Sí, sí, preguntadme lo que queráis.
Don Juan Luis tenía mala cara, parecía a punto de desmayarse. No le había sentado muy bien que hubiera ocurrido un asesinato en su propio yate y tampoco la amenaza de destrucción que recaía sobre él. Adopté el tono más tranquilizador que pude.
- Juan Luis, ¿dónde estabas anoche a las once menos cuarto?
- Estaba en la cama, durmiendo.
- ¿Y a las once y cuarto?
- También. Ah, alrededor de esa hora vino Alberto a mi camarote a pedirme aspirinas.
- ¿Oíste un silbido que sonó a las once y cuarto?
- Sí, oí una especie de silbido.
- ¿No viste u oíste nada más anormal? ¿Sombras, ruidos...?
- No, nada extraño.
- Bien. Ahora vamos con el fallecido capitán Davidson. ¿De qué le conocías?
- Bueno, me lo presentaron en una agencia de empleo de Londres. Necesitaba a alguien que dirigiera mi yate y me dijeron que él podría hacerlo.
- ¿Hacía cuánto que lo habías contratado?
- Dos o tres días antes de embarcarnos.
- ¿No sabes nada más acerca de él?
- No - esto lo dijo don Juan Luis con énfasis, remarcándolo -.
- ¿Fuiste tú el que colocó el disco en el álbum?
- ¡Por supuesto que no!
- ¿Sabes a quién podría pertenecer la voz grabada en el disco? – intervino por primera vez don Luis, con un tono tranquilizador -.
- No – volvió a contestar rotundamente don Juan Luis -.
- ¿Y conocías antes del viaje a los otros marineros, al señor Marcel y a míster Peary?
- No, tampoco. Me los presentó el capitán Davidson el mismo día que a vosotros.
- Y, ¿qué hay de tu asistenta? - preguntó don Luis -. ¿Cuánto tiempo lleva trabajando para ti?
- Dos años.
- ¿Estás seguro de que es de fiar? – apunté -.
- Bueno, más o menos... - dudó antes de terminar -, sí, por supuesto que sí.
- ¿Sabes si conocía ella a alguno de los marineros o al capitán Davidson? – continué -.
- No lo sé.
- De acuerdo. Ahora vamos a proceder al registro de tu camarote – anuncié -.
No encontramos nada sospechoso. Ni en el baño, ni en los cajones, ni en el armario… Ningún objeto que tuviera relación con el crimen. Al final me armé de valor y le pregunté:
- Juan Luis, ¿es tuyo este mechero?
- ¿Qué mechero? ¡Ah! Sísísísí…, ese es mi mechero personal. ¿No ves mis iniciales?
- Todos los mecheros son “personales”, Juan Luis. Qué cosas… que pases un buen día.
Salimos de su dormitorio.
- ¿A quién nos dirigimos ahora? – preguntó don Luis -.
-No sé. Probemos con Miguel – le propuse -.
El dormitorio de don Miguel era el número 5 pero no se encontraba allí. Le encontramos en la cubierta inferior, apoyado sobre la barandilla. Miraba con curiosidad los botes de salvamento, se había situado junto a ellos. De entre todos los pasajeros, su rostro era el más tranquilo.
- Hola – saludó cuando nos vio acercarnos -. También yo estoy investigando.
- ¿Y qué has descubierto? – inquirí -.
- Estaba viendo los botes… y examinando esto.
Con un rápido gesto sacó de su bolsillo unos pañuelos y desenvolvió lo que había dentro.
- ¡Una llave inglesa llena de… sangre! – exclamó entusiasmado don Luis -.
- Me contó Matías que el crimen se había producido así ¿no? Ésta llave inglesa estaba en mi maleta.
- ¿Es…es tuya? – pregunté -.
- No. Alguien la ha colado en mi camarote.
- El arma del crimen ¿no? ¡Hummm! – cavilé -.
- Bueno, Miguel, necesitamos hacerte un par de preguntas.
- Adelante.
- ¿Dónde te encontrabas a las once menos cuarto anoche?
- Estaba en mi camarote.
- ¿Y a las once y cuarto?
- También.
- ¿Viste u oíste algo extraño?
- Sólo oía el mar y la tormenta hasta que me dormí… ¡Ah!, ¡también oí roncar a Matías! Es tremendo, ¡tremendo!
- ¿Conocías antes de iniciar este viaje en barco al capitán Davidson? – proseguí -.
- No, le conocí después de embarcarme.
- ¿Y a los dos marineros?
- Tampoco.
- ¿Y a la asistenta de Juan Luis?
- Lo mismo.
- Vamos a acabar ya. Miguel, - le enseñé el interior de la bolsa donde había metido los objetos encontrados en el camarote del capitán-, ¿es alguno de estos objetos de la bolsa, tuyo?
- Vamos a ver… sí, este pañuelo es mío - dijo al tiempo que cogía el de color verde -, lo tengo desde hace unos seis años. Me lo regaló mi tía. ¿Dónde lo habéis encontrado? Creo que lo perdí ayer.
- Estaba en la mesita de noche del capitán Davidson – le expliqué.
- Eso significa que… ¡quieren acusarme! - dijo perdiendo un poco su apariencia de serenidad -.
- Tranquilo, ya veremos qué ocurre. Gracias por contestar a las preguntas – concluí -.

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- Es gracioso - dijo don Luis -. Todos niegan haber oído nada particular, haberse levantado o…
- Sólo faltaba que todos estuviéramos dormidos. A lo mejor Matías echó algo en la comida que nos hizo dormir como troncos – sugerí -.
- ¡Rayos! No consigo asimilar que el asesino pueda ser uno de nosotros seis – se lamentó don Luis -.
- ¡AAAAAAAAA! – chilló alguien de repente -.
- ¿Qué pasa? - dijo don Luis alarmado -.
- ¡AQUÍ!, ¡EN LA COCINA!
Los dos subimos rápidamente en dirección a la cocina.

3. Don Matías y don Alberto

- ¿Qué es lo que pasa? - dijimos al unísono al entrar en la cocina -.
Allí estaba don Matías, inmóvil y apretujado contra la pared. Señalaba al ojo de buey de la cocina por el que en este momento se veían salir unos pies.
- Ese hombre… ¡me ha lanzado algo desde el ventanuco! ¡…dentro de la sopa!
- ¡Voy a por él! - gritó don Luis -, y se introdujo con agilidad por el agujero.
Yo metí el dedo en la sopa y me lo llevé a la punta de la lengua.
- Cianuro potásico aún sin disolver. Menos mal que nos hemos dado cuenta – respiré -.
Volqué con decisión la olla en la pila del fregadero.

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Don Luis era resistente y rápido. Perfectamente podría haber atrapado a aquel tipo pero el moverse por un yate dificultaba su misión. Estuvo a punto de resbalarse un par de veces y además, aquella figura vestida de negro parecía conocer bien el barco; hasta los huecos en el suelo y las pequeñas abolladuras. Pegó un salto sobre una gruesa tubería, se impulsó y… ¡saltó hasta el techo! Don Luis subió las escaleras de dos en dos y le siguió. De un brinco vio descender de nuevo a la silueta. Pasado un momento había desaparecido.
Don Luis regresó resignado a la cocina.
- ¡Se me ha escapado! No he descubierto quién era. ¡Se movía con demasiada agilidad! – se lamentó.-
- ¡Maldición! – dije -. ¡Era el asesino del capitán Davidson! ¡Pretendía envenenarnos con sosa cáustica en la sopa!
- Buf, un trago en la comida y ¡adiós! - dijo don Matías -.
- Venga, olvidémoslo. Ya no podemos cogerle porque ahora ya se habrá quitado… ¡Eso es! Ese tipo llevaba puesto… ¡Ahora lo entiendo! – exclamé con entusiasmo -.
- ¿Qué? Yo no entiendo nada – suspiró don Matías -.
- Luego lo explicaré. Vamos, Matías, tenemos que hacerte unas preguntas.
- Pero… la sopa…
- La sopa puede esperar.

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- ¿Dónde estabas a las once y cuarto? – dije para iniciar el nuevo interrogatorio -.
- En mi camarote.
- ¿Y a las once menos cuarto?
- En mi camarote.
- ¿Y a las doce menos cuarto?
- ¿A qué viene la pregunta sobre esa hora? - me preguntó con curiosidad don Luis -.
- Luego lo cuento.
- Estaba en mi camarote también a esa hora – contestó don Matías sin inmutarse lo más mínimo -.
- ¿Viste u oíste algo extraño? – continué -.
- No. Bueno, a decir verdad, sí. Se me había olvidado. Alguien entró por la noche en mi camarote. ¿Veis esta huella? – dijo mientras señalaba la alfombra -.
- No lo entiendo - dije confundido -.
- ¿El qué? – preguntó don Matías -. Esta huella lo demuestra… No sospecharás de mí, ¿verdad Enrique?
- ¿Conocías de antes al capitán? – proseguí con las preguntas-.
- No – respondió -.
- ¿Y a los marineros? – añadí -.
- No.
- ¿Ni siquiera a la asistenta de Juan Luis? – dije con inquietud -.
- Tampoco. Lo siento.
- ¿Es tuyo alguno de estos objetos? – dije ya aburrido, enseñándole la bolsa -.
- Vamos a veeer… no, no hay nada mío.
- Hummm…
- Vale, sólo falta que registremos tu camarote Matías.
- De acuerdo.
- Luis, yo miraré en la maleta. Tú encárgate del armario.
Rebusqué bien en la maleta pero sólo había un estuche grande con instrumentos médicos.
- ¿Encuentras algo? - le pregunté a mi compañero de investigación -.
-No, no hay nad… pero, ¿qué es esto? - dijo don Luis. Nos señalaba el armario. Abajo del todo estaban apilados varios jerséis gruesos, de lana, y los superiores tenían manchas rojas.
Esta vez sí que don Matías perdió la compostura. Se puso lívido y se derrumbó en una silla.
- ¿Qué contestas a esto, Matías? - le dije en tono apaciguador -.
- No… no es lo que pensáis… he estado toda la mañana en la cocina… alguien ha hecho algo, yo no…
- Pero… ¿Qué hacen ahí las manchas de sangre? - preguntó don Luis -.
- Creo que…sí, sí, eso es. Somos todos tan amigos… - titubeó don Matías -.
- ¿Qué quieres decir? – le pregunté -.

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Don Alberto también se encontraba fuera, observando el mar reclinado sobre la barandilla.
No tenía tan mal aspecto como don Matías pero tampoco mucho mejor.
- Momentos antes de que sonara ese maldito disco este barco y todos sus ocupantes irradiaban alegría. Ahora, se ha cometido un crimen y además, dentro de poco volaremos en pedazos.
- Tranquilo, aún faltan dos días, mañana y pasado mañana. Por lo que dijo el capitán Davidson este barco no se convertirá en un montón de chatarra hasta dentro al menos de cuarenta y ocho horas - lo intentó tranquilizar Luis -, ya nos encontrará algún pesquero antes…
- Sí, siendo ahora invierno. Seguro.
- Queremos hacerte unas preguntas – intervine -.
- Adelante.
- ¿Dónde te encontrabas anoche cuando eran las once menos cuarto? – comencé -.
- En mi camarote.
- ¿Y a las once y cuarto?
- Ah, alrededor de esa hora me levanté y fui a pedirle una aspirina a Juan Luis.
- Sí, es verdad, nos lo dijo él – le confirmé. ¿Y no oíste un silbido débil y agudo?
-Sí, o algo parecido… Te refieres al disparo, ¿verdad?
- Sí… ¿Y dónde estabas a las doce menos cuarto?
- En mi camarote, había vuelto allí.
- ¿Es alguno de estos objetos tuyos? - le enseñé la bolsa -.
- Veamos… Sí, esta caja de cerillas puede ser mía…, bueno, me refiero a que es de la marca que yo utilizo.
- Bien. Gracias por contestar a las preguntas. Si no te importa registraremos tu camarote.

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- Nos faltan aún Linda Thompson, míster Peary y el señor Marcel - dije después de terminar el registro del camarote de don Alberto -. Y en la bolsa nos quedan dos objetos cuyo dueño no ha sido identificado; las gafas de sol y la otra caja de cerillas. ¿A por quién vamos primero?
- No sé, podemos… - comenzó a decir don Luis -.
- ¡Enrique! ¡Luis! – escuchamos gritar -.
- Es la voz de Matías. ¡Vamos! – exclamé -.
Llegamos en seguida a la cocina, de donde provenían de nuevo los gritos.
Allí estaba don Matías, agarrando un gran cucharón plateado en el que se balanceaba una pistola de mediano tamaño, llena de arañazos, modelo de seis balas.
- ¡Es mi pistola! - dijo don Luis asombrado -.
La cogió con un pañuelo y la examinó.
- No hay ningún tipo de huella dactilar – confirmó -.
- ¿Dónde estaba? - le pregunté a don Matías -.
- Entre los cacharros. Debió de dejarla el enmascarado que echó el veneno antes en la sopa – aclaró -.
- Es la pistola del crimen – afirmé -.
- Eh, Enrique, aquí hay algo muy extraño - dijo don Luis -.
- ¿En la pistola?
- Sí, es que…
- Si me permitís un momento…- dijo don Matías -. Salió de la cocina y dijo en voz alta “¡La comida está servida!”
- …a mi pistola le faltan dos balas en lugar de una como sería de esperar – dijo don Luis completando la frase -.
- Si sólo se utilizó una… ¡qué raro! No lo entiendo.

4. Los tres desconocidos

Después de aquella triste comida hice el intento de irme a echar la siesta pero don Luis me reprendió.
- Estamos todos en peligro… ¡Y tú piensas en echarte una siesta! – me dijo -.
- Es para poder pensar, hombre – me defendí -.
- Vamos a interrogar a los que faltan y luego piensas – me pidió -.
- De acuerdo. Primero vamos a ver a la señorita Thompson. Parece que tiene los nervios hechos polvo.
- Ahí está. Vamos.
Nos acercamos a Linda Thompson. Se encontraba sentada en una silla, cerca del radiador y apartada del resto de invitados.
- Buenas…- empezó don Luis -.
- ¿Quieren interrogarme? ¡Me niego! ¡Yo no maté al capitán!
Y se dio la vuelta.
- Pero señorita…
- ¡No! ¡No diré nada! – dijo levantando la voz -.
- Vámonos, Luis.
Una vez que nos alejamos de la señorita, reflexioné.
- Quien dice y admite que no sabe nada, es porque sabe algo ¿verdad? – sugirió don Luis -.
- La interrogaremos más tarde, Luis. Ahora, hablemos con míster Peary.

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Míster Peary se encontraba en la sala de mandos, sentado en una silla con aspecto meditabundo.
- Buenas tardes – dije al entrar -.
- Vienen a preguntar, ¿verdad? Adelante.
- ¿No le importa? – pregunté con educación -.
- No, no…
- ¿Dónde se encontraba usted a las once menos cuarto?
- Estaba paseando por cubierta…. En ese momento justo sé que me encontré con el señor Marcel porque le pregunté la hora.
- ¿No le pareció que se encontraba emocionado o algo por el estilo? ¿No notó nada raro en él? – le interrogué -.
-No, a decir verdad, no.
- ¿Y dónde estaba usted a las once y cuarto? – continué -.
- Seguía en cubierta. Estaba buscando al capitán Davidson.
- ¿Vio u oyó algo especial?
- Sí, uno o dos minutos más tarde. Vi al señor Marcel en la cubierta del primer piso desde arriba. Realmente apenas podía distinguirle.
- ¿Está seguro de que era él? – parecí hacerle dudar -.
- Es difícil precisar… podría ser cualquier persona…
- ¿Qué hizo después de esa hora?
- Continué buscando al capitán. Como no le encontraba por ninguna parte, sobre las once y media pedí ayuda al señor Marcel. Luego juntos se la pedimos a don Miguel y por último a usted.
- ¿Cuándo vio usted por última vez al capitán con vida?
- Mmmm – reflexionó -. Alrededor de las diez y media.
- Bien. Ahora, ¿es alguno de estos objetos tuyo? – seguí con el guión -.
- Sí, sí, esas gafas de sol son mías. La verdad, ¡no sé por qué las he traído! - dijo riendo bajito -. ¿Dónde las ha encontrado?
- En la habitación del capitán Davidson – le contesté -.
Al viejo marinero se le mudó la cara.
- ¿Cuánto hace que conoce al capitán? – le pregunté -.
- Vaya, somos amigos inseparables desde jóvenes. Nos conocimos cuando yo tenía veintiocho años y él diecinueve. Tres años más tarde, el comenzó a trabajar conmigo en una fábrica de papel higiénico y no nos separábamos. Fuimos compañeros durante siete años y después…
- Sí, no hace falta que lo cuente todo ahora. Dígame, ¿se encontraba el capitán casado?
- Oh, no. Por supuesto que no. Me dijo ya hace tiempo que nunca se casaría…
- ¿Y qué sabe sobre el señor Marcel?
- Es un buen muchacho. No creo que haya matado al capitán. Trabajaba con él en su empresa actual. No sé a qué se dedican exactamente pero llevan mucho tiempo juntos. Por eso le pidió que le acompañase en este viaje.
- Gracias por contestar a las preguntas. ¡Hasta luego! – me despedí -.
- ¡Buena suerte! – respondió el señor Marcel -.

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- Ahora vamos a por… - comencé a decir -.
- Ejem – escuché a don Luis -.
Se acercaba la señorita Thompson.
- ¿Sí? – la invité a hablar -.
- Bueno, he reflexionado y pensado en que lo mejor sería contarle algo sobre la noche del asesinato… antes me he negado pero…
- De acuerdo. Conteste con sinceridad a las preguntas que vamos a plantearle. ¿Dónde estaba usted a las once menos cuarto?
- En mi camarote.
- ¿Y a las once y cuarto?
- También.
- ¿Y a las…?
- ¿Por qué es necesario que me pregunten todo eso? Estuve toda la noche en mi camarote – dijo enfadada -.
- De acuerdo. ¿Vio u oyó algo extraño? – continué -.
- Sí, y es lo que quería comentarles. A eso de las diez y cuarto. Creo que no había cerrado bien la puerta de mi camarote y con el movimiento del barco se entreabrió. Me disponía a levantarme para cerrarla cuando de pronto, vi pasar una sombra por delante de mi camarote. Creo que se dirigía a la cubierta.
- Ajá – dije -.
- ¿Qué deduces de esto? - me dijo don Luis, confundido -.
- Veo dos posibilidades – dije mientras escribía en mi cuadernito -. O uno de los sospechosos del primer piso ha mentido o Juan Luis es quien ha mentido y después de pedirme las aspirinas salió a cubierta y mató al capitán.
- Glup - tragó don Luis al escuchar la segunda posibilidad -.
-Bien. Ahora, una pregunta más. Responda con sinceridad, señorita Thompson. ¿Conocía usted a alguno de los marineros o al capitán antes de iniciar este viaje?
- Eh…no…
- Se lo repetiré. ¿Conocía usted a alguna de esas tres personas?
- No…no.
- Se lo repetiré una vez más. ¿Conocía usted a…?
- ¡NO! ¡NO CONOCÍA A NINGUNO DE LOS TRES! ¿POR QUÉ SE EMPEÑA? ¡NO LO CONOCÍA! – contestó muy nerviosa -.
- Ajá. Piensa usted ahora en una persona en concreto, lo que quiere decir que sí conocía a alguno de los tres. Gracias señorita. Solamente una cosa más, ¿es suya esta caja de cerillas? – añadí -.
- NO – contestó -. Acto seguido se alejó echando chispas.

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Tras un examen sin resultados de interés en la habitación de la señorita Thompson nos dirigimos al camarote del señor Marcel.
No abrió la puerta pasado un momento. Estaba más bien de mal humor y ya no sonreía como antes.
- Adelante – dijo al oír la llamada en la puerta -. Pasen y pregunten lo que quieran.
- ¿Dónde estaba usted a las once menos cuarto?
- En cubierta, luchando con la tormenta. Míster Peary estaba también allí y me preguntó la hora.
- ¿Y a las once y cuarto?
- Allí seguía, en la cubierta del primer piso, fumando.
- ¿Y a las doce menos cuarto?
- Mpf. Estaba…paseando…
- Bien. Dígame, ¿es esta caja de cerillas suya? – le pregunté -.
- Vamos a ver…sí, supongo que es mía. Es de la marca que yo uso. Miren, tengo varias más – y nos las mostró -.
- Bien. Ahora, díganos. ¿Cuánto hace que conocía al capitán Davidson?
- Unos tres o cuatro años. Trabajaba conmigo.
- ¿En qué trabajan? – le inquirí -.
Por primera vez el señor Marcel pareció dudar.
- Er… trabajamos en un astillero de construcción de barcos. Davidson se encargaba de la oficina, ahí conoció al patrón de este barco, al señor Cirio.
- Bien. Quiero pedirle que me diga cómo encontró anoche a míster Peary. ¿Le encontró conmocionado o algo así?
- No, no noté nada especial. Parecía el de siempre.
- Ajá. Por último, registraremos la habitación.
El señor Marcel se ofreció a abrirme el armario. Mientras don Luis registraba la maleta.
En el armario no había nada especial: encontré los zapatos de Marcel, un par rojos, otro marrón y otro negro. Tenía sus camisas y pantalones y varias mantas amarillas, una de ellas manchada de hollín.
- ¿Hollín? - se asombró el señor Marcel -. Oh, estas mantas necesitan un lavado.
Don Luis tampoco encontró nada de interés en la maleta. Me enseñó un kit de pintura, pequeñito, con las iniciales del señor Marcel. Tenía de todo: témperas, botes de tinta de distintos colores, pinceles, lápices…
- Ah, mi afición estrella – dijo el señor Marcel al tiempo que se hinchaba -. En mis ratos libres me encanta pintar paisajes, personas…
Entonces quise saber qué había dentro de una carpeta que estaba colocada encima de la mesa.
- Eh…no hay nada de importancia…
- Déjeme ver… - le pedí -.
Dentro había un par de papeles en blanco y…
- Un certificado de divorcio – expliqué en voz alta -. A nombre de usted y… ¡anda! …a nombre de Linda Thompson.
- ¿Estaba usted casado con ella? – preguntó don Luis -.
-Sí, pero eso ya pasó. Por favor, no me traigan malos recuerdos.
- Una última pregunta. ¿Deja usted cerrado con llave su camarote cuando no está en él? – pregunté -.
- Esto…sí. Suelo cerrar el cuarto con llave. Mejor así, para que no haya problemas.
- Gracias por contestar a las preguntas – le dije -.
Salimos del camarote.
- Bien, ya hemos acabado los interrogatorios. ¿Qué dices Enrique? – me preguntó don Luis -.
- Digo que… ¡Ahora lo entiendo todo!



Presentación y Prólogo
Capítulos I y II
Capítulos III y IV

9 comentarios:

  1. He optado por publicar la segunda parte entera. Porque romper los interrogatorios sería cortar la historia. Como hay vacaciones da tiempo de leerlo.
    Un abrazo

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  2. Me parece acertado.
    Sigue muy interesante la historia.
    Un abrazo.

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    1. ´Muchas gracias. Después de Retyes ñlos dos últimos de la serie y fin:-)
      Un abrazo

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  3. Respuestas
    1. Muchas gracias en nombre de mi nieto:-)
      Un saludo

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  4. Lo tiene todo pensado y calculado, como piezas de un puzzle que él tiene bien armado en su mente. Admirable capacidad de concentración, máxime entre sus múltiples ocupaciones y el poco tiempo que tiene para esto.

    Buenas noches, madame

    Bisous

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    1. Es muy perfeccionista. Y eso que solo escribe una vez un par de horas a la semana. El tiempo no le da más de si, porque también le encanta leer.
      Bisous

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  5. la verdad es que imaginación tiene un rato. El único pero es que a veces me pierdo cuando utiliza terminos nauticos como camarote y luego habitación, pero por o demás, es interesantísimo observar como va creando la trama y los perfiles. Besos y buena semana

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    1. Jajaj claro se conoce que el tampoco va en el barco, solo sube los fines de semana y se le olvida. Tiene muchas cosas en la cabezota. Mil gracias por estar siempre.
      Bss

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Bienvenido. Gracias por tus palabras , las disfruto a tope y además aprendo.

“EL TIEMPO QUE PERDISTE POR TU ROSA HACE QUE TU ROSA SEA TAN IMPORTANTE”. Saint-Exupéry

“EL TIEMPO QUE PERDISTE POR TU ROSA HACE QUE TU ROSA SEA TAN IMPORTANTE”. Saint-Exupéry