"La mejor herencia que se le puede dar a un niño para que pueda hacer su propio camino, es permitir que camine por sí mismo." Isadora Duncan

"Estoy convencido que uno de los tesoros que guardan los años es la dicha de ser abuelo"
Abel Pérez Rojas

"No entiendes realmente algo a menos que seas capaz de explicárselo a tu abuela." Albert Einstein

viernes, 6 de diciembre de 2013

Con diez cañones por banda. Capítulos III y IV


3. ..no corta el mar, sino vuela...

Todas las personas a bordo del yate excepto los dos marineros, nos reunimos en el comedor para cenar antes de acostarnos. Me senté en una mesa con don Juan Luis y con don Luis. Este último estaba enseñándole al primero su nuevo revólver. Era de tamaño medio, ligero para llevarlo en el bolsillo. Tenía punto de mira y capacidad para seis balas. Nos dijo que tuviéramos cuidado porque estaba cargado, que no tenía recambios de munición y que sólo lo utilizaba en casos extremos, los cuales sabía por propia experiencia, se presentaban de vez en cuando.

No me gustaba esa pistola. Era una máquina de matar auténtica y yo no solía utilizar armas, sólo lo hacía en contadas ocasiones.

¡¡CRASH!! ¡¡CRASH!!

- ¿Qué ha sido eso? – pregunté -.
- Parece que empieza una tormenta. Algo se ha roto ahí arriba... – contestó don Luis -.
- Espero que no sea grave, este yate ha costado un dineral – comentó don Juan Luis -.
En aquel momento entró alguien en el comedor. A primera vista no le reconocí. Llevaba un traje de cocinero, con gorro y todo.
Me pareció don Matías y él era, en efecto. En las manos llevaba una enorme cazuela. La abrió y resultó contener una sopa que después de degustada nos encantó a todos. Don Matías preguntó:
- ¿Qué tal está? Sé que no soy un buen cocinero pero esta vez me he esmerado.
- Está deliciosa, tranquilo – le respondí yo -.
Don Matías se marchó dispuesto a servir el segundo plato.

¡¡¡KABOOOOOM!!!

- ¡Vaya! ¿Qué ha sido eso? – preguntó esta vez don Luis.
- ¡Un rayo! – gritó de lejos don Matías.
- ¡Nos vamos a hundir si esto sigue así! – exclamó don Alberto.
Don Juan Luis me llamó la atención.
- Mira, voy a poner algo de música en el equipo porque parecéis un poco inquietos.
En efecto, al lado del gran radiador y de los sillones que había cerca de las mesas del comedor, había un reproductor de CDs, encima de una mesita. Hacia allí se dirigió don Juan Luis.
En ese momento entró en el comedor el capitán Davidson. Detrás de él estaba míster Peary con pinta de sentirse mareado. También estaba el señor Marcel y mostraba el mismo aspecto. El capitán estaba pálido y parecía muy excitado. Sospeché que él no estaba mareado sino preocupado por algo... Comenzó a hablar.
- Señores, quiero anunciarles que... hace veinticinco minutos hemos entrado en..., en el Mar del Norte. Se avecina una fuerte... tempestad…, por lo que aconsejo... a los señores que... no salgan a cubierta y... que vayan pronto a sus camarotes. Muchas...
Don Juan Luis, que había cogido y colocado el primer disco de un álbum en el aparato de música le dio al play...
- ... gracias – concluyó el capitán -.
Don Matías entró y se situó detrás del capitán, con una bandeja grande en la mano. Comenzó a sonar en el comedor una melodía a todo volumen. Era una canción desconocida para nosotros, lenta y rítmica. Esa canción… esa canción…; don Juan Luis alargó la mano para detener la música, pero de repente todos escuchamos con la música de fondo una voz fuerte, una voz... también desconocida.

“Muy buenas noches a todo el mundo. He comprobado que están todos ustedes; los empresarios don Juan Luis y don Alberto, el ex-policía don Luis, el doctor Matías, los marineros míster Peary y el señor Marcel, el capitán Davidson, el detective don Enrique, el escritor don Miguel, la señorita Linda Thompson… bien, quiero darles una noticia: tienen ustedes a más de una persona indeseable a bordo. Pienso deshacerme de ellas cuanto antes, ¿de acuerdo? Parece que todos están un poco asustados ¿eh? Bien, voy a dar trabajo a más de uno para que investigue. ¿Conocen ustedes la novela “Diez negritos” de Agatha Christie? Me gustan los crímenes con misterio. ¿Saben una cosa? Intentaré proponer un caso, será de nivel de dificultad media. ¡Misterio!, ¡misterio! ¡Asqueroso indeseable!, prepárate para recibir la justicia de mano de alguien que merece aplicártela. ¡Ah!, y todos tranquilos. Se descubra o no mi identidad, nadie saldrá vivo de este yate. ¡Nadie!, ¡nadie! ¡Ja, ja!”

A todos nos pareció que los veinticinco segundos del mensaje habían durado veinticinco años. Provocando un gran estrépito, a don Matías se le cayó la bandeja que sujetaba; se hizo añicos y los filetes de pollo que contenía se desperdigaron por el suelo. El ya entrado en años míster Peary se llevó la mano al pecho, aparentemente víctima de un ataque al corazón, y cayó desmayado.

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Reaccioné lo más rápido que pude.
- ¡Rápido!, ¡auxiliemos a míster Peary!
Entre don Luis y yo llevamos a míster Peary al camarote más próximo, que resultó ser el suyo propio. Don Matías se quedó con él y don Luis y yo volvimos al salón.
Les dije amablemente a todos que se sentasen. Éramos, en total siete personas, pues acababa de llegar la señorita Thompson para averiguar de dónde provenían las fuertes voces. El capitán Davidson había regresado a la sala de mandos para pilotar el barco.
Intenté aparentar calma, pero en realidad no la sentía.
- Vamos a ver... Nos encontramos ante un peliagudo misterio. Alguien puede decirme... ¿quién colocó ese disco en el álbum?
El señor Marcel levantó la mano.
- ¿Sí? – le invité a hablar -.
- Esto... ¿quién nos asegura que no ha sido usted? – dijo -.
- Lo que imaginaba, que ibais a sospechar de mí..., bien. Bueno, examinemos el caso. Teniendo en cuenta que aparte de nosotros nueve y el capitán que está en la sala de mandos, no hay nadie más en este yate, uno de los diez ha colocado ese disco en el álbum de cds y ha subido el volumen del aparato al máximo antes de la cena. Por eso cuando don Juan Luis cogió el disco y lo colocó... ya saben. Por desgracia, eso no le exculpa inmediatamente a él mismo de haberlo hecho. Ese mensaje nos ha amenazado a todos en general y a nadie en concreto con matarnos. Varios de los aquí presentes están en peligro. Y lo repito, teniendo en cuenta que aparte de nosotros diez, no hay nadie a bordo de este yate, tal posible asesino es uno de los diez...
Algunos de los presentes gimieron y todos intentaron aparentar tranquilidad. En ese momento el capitán Davidson entró en la estancia.
- Señores, por favor... guarden... la calma, esto... es muy serio – tartamudeó, pero se recompuso y continuó todo seguido -. Alguien, estoy seguro, ha golpeado varias veces los motores del yate, estropeado el sistema de radar y destruido la radio de comunicación. Los motores no funcionan debido a los cortocircuitos producidos. La sala de mandos está inutilizada y navegamos a la deriva. Y... - se puso aún más serio y pálido -, después de revisar toda la mecánica del yate, caldera de emergencia, etc., hemos comprobado que poco a poco está subiendo la presión. Calculo que no pasarán más de cuatro días antes de que se produzca una fuerte explosión y salte todo por los aires.

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Nos habíamos quedado paralizados. ¡No era una broma lo del mensaje!
- ¡Tenemos que escapar de este maldito barco! ¿A cuántos kilómetros de la costa estamos? - preguntó don Alberto al capitán -.
- A unos... cuarenta y cinco kilómetros – le contestó -.
- ¡Cojamos el bote salvavidas y abandonemos el yate ahora mismo! – propuso don Alberto -.
- ¡Eso, eso! – aprobaron algunos -.
Corrimos a cubierta. Arreciaba la tormenta. El barco se balanceaba y casi se caen don Luis y don Miguel por la borda. Gruesos nubarrones cubrían el cielo.
En la cubierta (por si no lo he explicado antes), había dispuestas dos lanchas motoras con capacidad para unas seis personas cada una. Nos asomamos. Los fondos estaban destrozados y justo al lado de un gran agujero en una de las lanchas descansaba un hacha de hierro de veinte pulgadas.
- ¡¡Arg!! ¡Alguien las ha desfondado! – gritó don Miguel.
- ¿Os acordáis del ruido que escuchamos en el comedor? ¡Estaban rompiendo las barcas en ese momento! – se horrorizó don Alberto -.
- ¡Vamos a morir todos! - gritó la señorita Linda, muy asustada -.
- A ver... ¡por favor!, vayan todos a sus habitaciones. Mañana decidiremos qué hacer... – dije con intención de poner un poco de orden -.
Todos volvieron al interior del yate, más por la tormenta que no amainaba que por mis palabras. Le agarré el brazo a don Luis y le dije entonces:
- ¡Escucha! ¡Todos estamos en peligro! El disco decía la verdad, pero no somos diez negritos... ¿Qué dice el poema de Espronceda? ¡Con diez cañones por banda...! ¡Somos cañones... diez cañones desesperados a bordo de un yate y ante una inminente explosión!

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Pasado un rato se recuperó míster Peary y dijo que se encontraba mejor. Tras tomarse un whisky se sintió reconfortado y volvió a sus obligaciones. Sólo había sido un mareo pasajero...
El señor Marcel también volvió a su trabajo en cubierta aún con la tormenta y el capitán Davidson se quedó resguardado, seco y seguro en la sala de mandos.
Los pasajeros se fueron a sus habitaciones. Se oyó el correr de siete cerrojos, uno detrás de otro, y el bajarse de siete persianas.
Intenté mantenerme alerta. ¿Y si intentaban asesinarme a mí? Temblé. Luché por no dormirme y me mantuve despierto. Todo el barco se agitaba por la tormenta así que no era difícil mantenerse despierto. Empecé a oír unos ronquidos infernales.
- ¡Seguro que es Matías! - murmuré enfadado -. Apreté la cabeza contra la almohada.
Pasado un rato miré el reloj, que temblaba. Marcaba las 22:35. Después de unos minutos alguien dio unos golpecitos leves en mi puerta. Me levanté y abrí.
Delante de mí tenía a don Luis, pálido y con las orejas rojas (extraña combinación), me miraba a los ojos.
- ¿Qué pasa? – pregunté -.
- Oye, ¿tienes aspirinas? Me duele mucho la cabeza.
- Sí, toma.
Cogí un tarro de aspirinas del armarito del cuarto de baño y le di un par. Él se fue y yo cerré la puerta.

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Míster Peary estaba en el segundo piso, paseando. No se encontraba tranquilo. ¿Qué era aquello del mensaje? Iba a cometerse un crimen y él tenía los nervios muy tensos. Para colmo casi le había dado un infarto. ¡Seguro que le acusaban de que el desmayo era fingido y de que él había colocado aquel disco con el mensaje infernal...!
Decidió dejar que aquellos pensamientos se fueran a la deriva y continuó pensando en otros temas. En ese momento se encontró con el señor Marcel.
-¿Cómo va todo? – le saludó -.
- Bien, la tormenta está amainando, así que ya no hay problema con ella.
- ¿Qué hora es? – preguntó -.
El señor Marcel miró detenidamente su reloj.
- Las once menos cuarto.
- Gracias. Seguiré con mi paseo, buenas noches Marcel.
- Buenas noches Peary.


4. ..un velero bergantín.”

Poco después, sobre las once de la noche, la tormenta amainó definitivamente.
Un cuarto de hora más tarde se oyó un agudo silbido.
Míster Peary seguía paseando por la cubierta del segundo piso, al lado de la sala de mandos. No podía dormir porque padecía de insomnio. De todas maneras se sentía inquieto. Seguramente acabarían sospechando de él. ¿Míster Peary, poner el disco de los gritos? ¡Ja! Acabarían por sospechar que él era el asesino...
Además se sentía inquieto por otra cosa. ¿Dónde estaba el capitán Davidson? No estaba en la sala de mandos donde pensaba encontrarle. Le había visto a eso de las diez y media y se encontraba perfectamente, ¿dónde estaba ahora?
Se asomó por la barandilla del yate y dirigió la mirada hacia abajo. Vio una figura apoyada en la pared del piso inferior.
- Debe ser Marcel. Seguiré buscando al capitán y si no le encuentro pediré ayuda – se dijo a sí mismo -.

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- Bajaré a preguntar a Marcel... - se dijo míster Peary pasados unos tres cuartos de hora. Llegó hasta abajo y le encontró donde le había visto antes.
- Oye, Marcel, ¿has visto pasar a Davidson?
- Hace más de dos horas que no le veo – dijo el señor Marcel mientras se encogía de hombros -. No ha pasado por aquí. ¿Crees que le ha ocurrido algo?
Pasados veinte minutos no habían conseguido encontrarle. ¿Dónde se había metido el capitán? No estaba en ninguna de las dos cubiertas, ni tampoco en el comedor, la cocina, la despensa, la sala de máquinas o la sala de mandos.
- Vayamos a pedir ayuda... A lo mejor resulta que se ha caído al mar... – titubeó míster Peary.
- Este camarote es el de don Miguel, ¿no? Hablaremos con él – decidió el señor Marcel -.
Despertaron a don Miguel y le pidieron que les ayudase a buscar.

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Pasados quince minutos desde la conversación anterior me despertaron. Miré adormilado y vi las caras de míster Peary, el señor Marcel y don Miguel.
- ¿Qué pasa?
- No sé si te lo creerás pero el capitán Davidson ha desaparecido – me anunció don Miguel -.
- ¡Pero bueno! Tiene que estar en alguna parte.
- Ni hablar. Se ha volatilizado – sentenció míster Peary.
- ¿Seguro? – pregunté.
Me puse a registrar el yate con ellos. No encontramos nada hasta que pregunté:
- ¿Qué cuelga de esa cuerda? Me refería a una que, atada a la barandilla, descendía hasta el mar.
- Anda, no me había fijado... - dijo don Miguel -. Daré un tirón para ver qué hay.
- Esa cuerda no estaba antes – comentó el señor Marcel -.
Don Miguel dio el tirón pero no logró recoger la cuerda, algo muy pesado colgaba del otro extremo. Lo agarré con él y empezamos a subir el peso. Apareció una pierna.
Los cuatro nos quedamos espantados. Seguimos tirando y emergió una cabeza. Subimos el cuerpo completo y lo tumbamos en el suelo de la cubierta.
El rostro húmedo y sin vida del capitán Davidson parecía mirar el cielo estrellado. Sus ojos recogían una mirada de terror hacia algo que yo no podía ver. Le salía agua de la boca y de la nariz. Tenía los labios amoratados y la cara azul. Su cabeza estaba ensangrentada y había adoptado una extraña forma. En el centro de la frente había un profundo agujerito negro del que no salía sangre. Un disparo.
- Muerto - dije temblando -. Luego reaccioné. ¡Un asesinato! ¡Rápido, despertad a todo el mundo! ¡Llamad a Matías que es médico! ¡Un asesinato!

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Un rato más tarde el cadáver se encontraba reposando sobre la que había sido la cama a bordo del capitán Davidson. En la habitación sólo estábamos don Matías, don Luis y yo.
- Nadie ha tocado antes el cadáver, ¿verdad? - preguntó don Matías al acabar de valorar las señales del cuerpo -.
Yo negué con la cabeza.
- Bien – dijo -. El resultado de mi examen es éste: No sé cómo ha muerto el capitán.
- Pero... ¿cómo? – se sorprendió don Luis.
- Veréis. Por el agua que le sale de la nariz y de la boca y por la mirada contraída de sus ojos se diría que ha muerto ahogado. Ahora bien, tiene la cabeza aplastada por un fuerte impacto, por lo que podría decirse también que ha muerto por esa causa, con un buen golpe recibido por detrás. Pero, por el color de sus labios y de su cara, y en particular de sus ojos, yo diría que ha muerto envenado con cianuro potásico, y además en gran cantidad... Por otro lado tiene una marca en el cuello que indica que le clavaron una jeringuilla hipodérmica. Finalmente tenemos el tiro en la frente, aunque estoy seguro de que no ha muerto por el disparo, ¿sabéis por qué?
- Claro que sí – respondió don Luis -. Por el veneno los labios se le han puesto azules y su rostro se ha contraído. Por el golpe de la cabeza ha sangrado sobremanera. Al tirarle al mar se ha llenado de agua, lo cual se nota. Pero en cuanto al disparo, ese no ha podido causar la muerte porque..., porque la herida no ha sangrado. Por ese agujero tendrían que haberse escapado varios decilitros de sangre pero no ha salido ni media gota. Eso quiere decir que Davidson llevaba bastante tiempo muerto cuando recibió el tiro.
- Muy bien. Si queréis saber hacia qué hipótesis me inclino, yo creo que el capitán ha muerto envenenado – recapituló don Matías -. Tras inyectarle el veneno, cuyo efecto fue instantáneo, el asesino le golpeó con gran fuerza la cabeza. Como acababa de morir, la herida sangró en abundancia. Luego el asesino no sabemos por qué esperó un tiempo, una media hora, y entonces realizó el disparó en la frente y descolgó el cadáver al mar con la cuerda.
- Y ahora, por otra parte... sabes a qué hora murió ¿verdad? - preguntó don Luis -.
- Yo diría que murió como máximo hace tres horas y como mínimo, dos. Si ahora son las dos menos veinte, calculo entonces que murió entre las once menos veinte y las doce menos veinte.
- ¿Y no puedes darnos ningún dato más acerca de la muerte? – pregunté yo -.
- Si esto te da alguna pista, Enrique - me dijo don Matías -, deduzco que le aplastaron la cabeza con una herramienta..., una llave inglesa por ejemplo.
- Bien, buscaremos llaves inglesas más tarde – sugerí -. Y este crimen... ¿lo hubiera podido cometer una mujer sola?
- ¿Te refieres a la asistenta de Juan Luis? – atinó con la cuestión don Matías -. Igual que un hombre solo. Podría haber inyectado el veneno, machacado la cabeza con una llave inglesa - aun con un menor impacto que un hombre previsiblemente -, disparado el tiro y luego - con algo de esfuerzo - tirado el cuerpo por la borda.
- Cambiando de tema, creo que el disparo tendría que haberse oído… - cuestioné -.
- Pudieron disparar con un silenciador – se le ocurrió a don Luis -. Se encogió de hombros.
- Ah... ¿Oísteis un silbido muy agudo antes de la media noche? – continué -.
- Yo sí - dijo don Matías - Oí uno... creo que alrededor de las..., miré el reloj poco antes... ¡Ah! Pues alrededor de las once y cuarto.
- Vamos a ver... si el asesino esperó treinta minutos para disparar, debió aplastarle antes la cabeza al capitán sobre las once menos cuarto. Teniendo en cuenta que le acababan de clavar la jeringuilla hipodérmica, deducimos que Davidson murió alrededor de las once menos cuarto - dijo don Luis -.
- Eso si excluimos la posibilidad de que Matías, y eso espero, sea el culpable – añadí -.
Don Matías enrojeció y se puso a temblar.
- ¡A las once menos cuarto yo estaba en mi camarote! ¡Ni se te ocurra acusarme o...!
- ¿O me matarás a mí también? ¡Venga ya! – me envalentoné -.
- Dejaos de líos - dijo don Luis -. Ahora vayamos a la segunda parte; el registro. ¿Qué llevaba encima el muerto?
- Mira, en el bolsillo superior de la chaqueta he encontrado esto – dijo don Matías -. Extrajo de su bolsillo un plástico impermeable y sacó de dentro un papelito.
- No tengáis cuidado, no hay huellas dactilares – observé -. Cogí el papelito y leí en voz alta: “¡Hola hola! Heme aquí de nuevo. Soy mr. Asesino. Al parecer no han tomado medidas para evitar lo que predije ayer. Ya ha habido una primera víctima y va a haber una segunda. ¡Tengan cuidado! De parte de X.”

- Nuevo mensaje, nueva víctima. ¿Quién será ahora? – se preguntó don Luis después de escuchar -.
- Pues, obviamente, nos lo puede decir Matías – contesté -.
- ¡Otra vez! ¡Me estás cansando! – le espetó don Matías -.
-Tranquilidad, tranquilidad. ¿Por qué no registramos el camarote del capitán? – propuse -.

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El camarote en el que nos encontrábamos era idéntico a todos los demás. Tenía armario, cuarto de baño, un pequeño escritorio, una cama donde descansaba el cuerpo del último inquilino y también una mesita de noche. De debajo de la cama sobresalía una maleta.
Me acerqué a la mesita de noche y observé lo que había encima: un papel quemado, dos cajas de cerillas de marcas distintas y un mechero antiguo con el borde de cobre. Este último tenía las iniciales J.C.M. Además había un paquete de clínex, dos pañuelos de tela (uno verde y otro blanco) y unas gafas de sol marrones.
- Me niego a creer que todo eso haya pertenecido al capitán Davidson – dije -.
- Un momento – interrumpió don Luis -. ¡Ese paquete de clínex es mío! ¿Qué demonios hace aquí?
- Y este pañuelo mío – añadí señalando el de color blanco -.
- No hay nada mío - dijo don Matías -.
- Bueno, me guardaré estos objetos – anuncié-. Y me llené los bolsillos. Centrémonos en el papel quemado… Tendremos que trabajar “a lo Poirot”. ¿Recordáis la novela “Asesinato en el Orient Express”?
- Sí... – afirmaron mis acompañantes -.
- Bien. Necesito una tela metálica... pero no tenemos sombrereras antiguas... ¡Ah, ya sé! Matías, por favor, tráeme un par de coladores de la cocina... sí, de esos de rejilla...
Un momento después ponía los trozos de papel quemado entre los coladores y unía estos. Coloqué el invento sobre la llama del mechero. Poco a poco, tal y como había leído en aquella novela, se fueron formando unas letras que leí a continuación en voz alta.

"DAVI...DSON...DEB...ES…MOR...IR...EN...EL...AC...TO...ME…ASEGU…RARÉ...DE...”

En ese momento el papel acabó de arder y se consumió.
- Qué pena que el mensaje no estuviera completo. ¿De qué se tenía que asegurar el asesino? – preguntó don Matías -.
- Bueno, una cosa podemos asegurar nosotros – dije -. Alguien que se encuentra en este barco tenía órdenes de asesinar al capitán Davidson. Le mató y justo después vino aquí, a este camarote, para eliminar posibles pruebas acusatorias. Encontró este papel con amenazas al capitán, lo destruyó y dejó este mechero para incriminar a alguien…
- Eso significa que no habrá más víctimas ¿verdad? - siguió don Matías -.
- Supongo... – contesté -.
- Yo registraré el cuarto de baño - dijo don Luis -, y entró en él. Cerró la puerta tras de sí.
- Me encargo del armario - dijo don Matías -.
- Pues entonces yo me pondré con la maleta – dije -. La saqué de un tirón de debajo de la cama y la abrí.
- Oye, ese Davidson era un poco sucio - dijo don Luis desde el cuarto de baño -. No tenía nada: ni esponja, ni jabón, ni peines... nada de nada.
- Humm... – dejé escapar -.
- Vaya, y el armario está vacío - dijo don Matías -. Sólo tiene un albornoz negro.
- Humm... – musité de nuevo -.
Metí la mano en el bolsillo del albornoz y saqué... una jeringuilla hipodérmica.
- Ajá, la utilizada por el asesino – expliqué -. Me la guardé.
Dentro de la maleta no encontré nada importante, únicamente ropa, no hace falta que la describa. Pero de repente algo me llamó la atención, instintivamente.
- ¿Y eso? – dije -. Levanté una carpeta que había sobre el escritorio. Allí había una huella de zapato, roja.
- Ajá, por aquí debió entrar el asesino tras cometer el crimen y para quemar la carta. No creo que encontremos más datos. Vámonos - dijo don Matías -.

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Una vez acabado el registro nos dispusimos a abandonar el dormitorio, pasado un rato el cadáver empezaría a descomponerse. Don Matías volvió a su camarote para descansar y don Luis y yo decidimos imitarle.
Estábamos metidos en un caso detectivesco de primera categoría. Tenía que recostarme “a lo Poirot” y meditar sobre los incidentes de esa noche y las pistas encontradas. En especial sobre el albornoz negro. Pero en ese momento, mientras íbamos iba camino de los camarotes, se volvió don Luis hacia mí pálido como un cadáver.
- Eh... Enrique... las iniciales del mechero son J.C., ¿verdad?
- Sí, son J.C.M... ¿Por qué? – le pregunté -.
- Esas iniciales... son las de Juan Luis...


Presentación y Prólogo
Capítulo I y II



8 comentarios:

  1. Mi madre!!, hoy no es mi día; ¿que atmósfera me envuelve? ¿que silencio me atrapa? ¿que voces me condenan? si en verdad me he embarcado solo por acompañarte y solo de muerte se habla..., amiga gracias por compartir este viaje tan interesante: me bajaré sobre una ola en este mar del norte....te espero en la orilla, jajajaja. Isidro

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    1. Mi8l gracias Isidro. Ya sabes los chavales tienen mucha imaginación y la palabra muerte es algo que no tienen interiorizado aún. Gracias por la compañía. Ahí estaré. En la otra orilla:-)
      Bss

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  2. Se nos han acabado los calificativos.
    ¿No se la ha ocurrido al chaval abrir su propio blog?
    Un abrazo.

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    1. Aún no. ni debe. Con 12 años lo que tiene que hacer y lo hacer con muy buena nota es estudiar. Además de otras actividades como yudo, inglé y alemán y música.
      Esto de escribir una vez a la semana y un par de horas como mucho. Porque también tiene que jugar:-) Ya lleva 70 hojas del 4ª relato :-)
      Pero ya que lo dices, podría abrírselo yo y lo suyo publicarlo aparte. Lo pensaré.
      Un gran abrazo

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  3. Cuántos guiños a Agatha Christie! Se nota que es admirador de su obra, y que ha aprendido mucho de ella. El detective Enrique es digno de Hércules Poirot. Tiene medido y calculado hasta los segundos que lleva recitar un mensaje!

    Feliz semana

    Bisous

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    1. Se ha bebido to¡dos los libros habidos y por haber.
      Le estamos animando que cambie de estilo.Tiene una buen bis cómica. Pero de momento el relato que está escribiendo va por esta linea aunque ya no es él quien hace de protagonista. Nos lo ha dicho muy serio:-)
      Lo del blog no quiere ni hablar de él. Tal vez el año que viene cuando cumpla los 13.
      Mil gracias. Bisous

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  4. Agatha Christie en estado puro, Un buen repaso por todas sus novelas. Estupendo. besos y buena semana

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    1. Tiene una memoria única. Esperemos que no le falle. El caso es que va mejorando vocabulario y estilo.
      Bss y mil gracias Fernando por tu comentario

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Bienvenido. Gracias por tus palabras , las disfruto a tope y además aprendo.

“EL TIEMPO QUE PERDISTE POR TU ROSA HACE QUE TU ROSA SEA TAN IMPORTANTE”. Saint-Exupéry

“EL TIEMPO QUE PERDISTE POR TU ROSA HACE QUE TU ROSA SEA TAN IMPORTANTE”. Saint-Exupéry