"La mejor herencia que se le puede dar a un niño para que pueda hacer su propio camino, es permitir que camine por sí mismo." Isadora Duncan

"Estoy convencido que uno de los tesoros que guardan los años es la dicha de ser abuelo"
Abel Pérez Rojas

"No entiendes realmente algo a menos que seas capaz de explicárselo a tu abuela." Albert Einstein

viernes, 12 de julio de 2013

Los expedientes del duque de Blackhouse FIN (Capítulos 13 y Prólogo)



CAPÍTULO 13, MOTIVO: VENGANZA

Míster Wendover tenía el rostro tenso y los puños apretados. Yo encendí el portátil, el proyector y el escáner. Cuando ya estaban en funcionamiento apoyé la hoja del plano del segundo piso en el escáner. Este apareció en la pared y todo el mundo pudo verlo.
- Como pueden ver todos ustedes, éste es el segundo piso de la mansión. Al lado de la puerta de la habitación del duque hay un punto negro y un nombre, que indican la posición del agente Giraldo. Bien. Ahora, les voy a mostrar el itinerario de las cuatro personas que se movieron la noche del asesinato. Los movimientos se produjeron en este orden: El agente Giraldo, míster Partridge, el duque de Blackhouse y míster Wendover. Éste es el plano:



-El itinerario de cada persona está marcado en un color: El del agente Giraldo en negro, el de míster Partridge en color azul, el del duque en color verde y el de míster Wendover en color rojo. El lugar donde se mezclan el verde y el rojo es el lugar donde míster Wendover mató al duque.

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En primer lugar, míster Partridge se levantó de la cama y fue hasta el pasillo, pero descubrió que allí estaba el agente Giraldo. Llamó su atención con la pierna escayolada, y luego, cuando él se fue, míster Partridge entró en el estudio y lo revolvió a su gusto. Pero, cuando rompió el insonorizado, descubrió que el duque podía escuchar el estrépito, ya que estaba en la habitación contigua. Huyó del estudio a tiempo por la puerta que, en el dibujo, se encuentra bajo el escritorio, antes de que el duque que había entrado por la otra puerta, le pillara con las manos en la masa.

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El duque se encontró con que todo estaba revuelto. Rápidamente pensó en lo que tenía escondido debajo del armario que no había sido volcado: los expedientes.

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Justo en ese momento entró en la habitación míster Wendover y pilló al duque de espaldas. Le asestó una primera puñalada. El duque, aunque tuviera 70 años, aguantó. Probablemente gritó para pedir auxilio, pero ¿cómo le iban a escuchar si el estudio estaba insonorizado? Intentó huir, y míster Wendover le arrancó un trozo de pijama para impedirlo. Entonces le asestó la puñalada mortal. El duque cayó muerto al suelo.

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Míster Wendover cogió su expediente y le arrancó su fotografía. No podía llevárselo, porque sería extraño que faltase uno: Él es el último de los cuatro asesinos del conde Shacaroff. Luego está claro que el objetivo de míster Wendover era recuperar su expediente, pero, estando allí el duque, aprovechó la oportunidad para vengarse.

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Después de arrancar la fotografía, míster Wendover salió de estudio y cerró las dos puertas. Llegó a su habitación, y momentos después el agente Giraldo volvió del primer piso. Así de sencillo.

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En cuanto al motivo, lo he encontrado. El duque consiguió los expedientes y chantajeó a míster Wendover con que los entregaría a la autoridad. Éste, en vez de pagar, le mató. Porque fue míster Wendover quién le dio a Mrs Blackhouse la idea de la fiesta sorpresa, ¿verdad?
Eché una mirada rápida a todos los reunidos, a Mrs Blackhouse (que tenía pinta de confundida) y luego otra a los inspectores. Estaban pasmados.

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Todo el mundo miró a míster Wendover. Él se había quedado quieto. Los asistentes empezaron a separase de él. Míster Wendover abrió la boca.
- ¡JA, JA, JA, JA, JA! ¡Me ha descubierto usted, detective! – dijo -.
El inspector Miller se acercó con aires de importante.
- Por la autoridad que se me ha concedido, le detengo, Christopher Wendover. ¡Está usted bajo arresto!
- ¡JA, JA! - volvió a reír -. Ese no es mi nombre, inspector. Pero déjeme, que quiero divertirme un poco.
Aquel asesino se acercó a una estantería, cogió un libro y, dándose la vuelta, lo lanzó hacia arriba con todas sus fuerzas. El libro cruzó la sala y fue a chocarse contra el gran escudo de armas. Éste se desprendió y cayó al suelo con gran estrépito. El abogado corrió hasta él y agarró una de las gruesas espadas.
- ¡Vamos a comenzar! - gritó exultante. Entonces arremetió contra el agente Giraldo. Éste esquivó la espada, pero cayó al suelo de espaldas antes de poder usar la pistola que tenía en la mano. El abogado hizo caer con todas sus fuerzas la gruesa espada dispuesto a partirlo en dos. Yo cogí la otra espada e intenté golpearle por detrás. Él, dejando a un lado al agente Giraldo, me lanzó una dura y potente estocada que conseguí parar. A partir de ahí comencé contra él una auténtica pelea de esgrima. Las espadas pesaban mucho y eso nos impedía dar estocadas rápidas y directas. De no ser así me habría destrozado. Conseguí alejarme un poco y miré a mi alrededor. Ningún policía, incluidos los dos inspectores, se atrevía a disparar, y el agente Giraldo estaba sin sentido en el suelo. En ese momento, aprovechando mi distracción, el abogado se lanzó hacia delante. Me aparté, y él, con aquel golpe, destrozó el proyector y el escáner. Intentando defenderme agarré el portátil y se lo tiré. Hice blanco. El portátil se redujo a pedazos contra su cabeza. Con un grito de dolor se cayó de espaldas. Aproveché y le quité la espada de un golpe. Él, con un rápido movimiento, agarró una pistola que había en el suelo y me apuntó con ella. Le amenacé con la gruesa espada pero lo cierto es que me tenía encañonado y no me servía para nada.
- ¡Queda usted detenido, Christopher Wendover! - le gritó el inspector Stevenson, temblando de arriba abajo -.
- Por lo que veo, todavía no se han dado ustedes cuenta de que me llamo ¡Richard Wern!
Acto seguido, y en un descuido mío, el abogado apartó mi espada de delante de su cara y me apuntó directamente con la pistola.
- ¡Alto o le mato! - gritó a todo el mundo -. ¡Si no me dejáis escapar, le mataré!
Entonces le pegué una patada a la mano en la que sujetaba la pistola. Ésta saltó y cayó varios metros más adelante. Pero no pude evitar que Richard Wern cogiera la otra espada, hiciera una finta... y me clavara la gruesa espada en el pecho. Caí de espaldas, y lo último que vi fue al agente Giraldo, mi antiguo compañero, saltando por detrás de él y haciéndole rodar de un puñetazo. Entonces, para mí, todo se volvió negro.

EPÍLOGO, VISITAS

No sé cuánto tiempo pasó después. Me desperté. Estaba tumbado en una cama blanca en una habitación blanca. El sol entraba a raudales por las dos ventanas que había a mi izquierda. A mi derecha había un escritorio y muchos instrumentos electrónicos. En mi mano tenía colocada una venda y un aparato de los que colocan en los hospitales a los enfermos, sujetado a mi piel, para tomarme el pulso. El aparatito pitó y entonces alguien con una bata blanca entró en la estancia.
- Okay! You have woken up! Your friends are very worried about you. Ah! You are in a hospital in London. Well, here are your visitors...
Seguidamente, fue hasta la puerta y la abrió. Por ella entraron el agente Giraldo, el signore Riccardi y míster Partridge.
- ¡Por fin despiertas! - dijo el agente Giraldo -.
- Uf, estábamos muy preocupados - admitió el signore Riccardi -.
- Pero, ¿qué ha pasado? - pregunté yo -.
- Bueno, sí, te lo tenemos que contar. Estamos en Londres, en un hospital.
- Pero, ¿qué día es hoy? ¿qué...?
- Ah, ya han pasado dos días desde que resolviste el caso. Son las once y media de la mañana. Te estás recuperando de la estocada que te dio aquel malvado asesino.
Instintivamente me quité un botón del pijama que llevaba puesto y abrí la camisa. En medio del pecho tenía una profunda y reciente cicatriz. Me recordaba a Iron Man.
- Nos ha contado el médico que la espada por poco te mata. Te ha desplazado tres costillas y dicen que has sobrevivido de milagro. Nos han explicado que tienes para tres meses de hospital...
- Ay, no me acuerdo de nada - me lamenté -.
- Bien, eso tiene arreglo. ¿Recuerdas cuando ese Richard Wern te clavó la espada?
- Pues...sí...sí, me acuerdo perfectamente -.
- De acuerdo. Tú te caíste al suelo y yo me lancé contra él y le pegué un puñetazo, quitándole la espada. Entonces, nos enzarzamos en una pelea. Empezamos a rodar por el suelo, acercándonos más y más a las enormes estanterías que presidían el salón. Están bastante viejas, ¿sabes? Mejor dicho, estaban bastante viejas... El abogado y yo chocamos contra las patas de las estanterías y éstas se partieron al unísono. Yo me aparté a tiempo, rodando a un lado. La estantería y todo su contenido se vinieron abajo, aplastando a Richard Wern.
- Y, ¿qué ha sido de él?
- Je, je... está en la habitación de al lado tuyo, justo tras esta pared - dijo el agente Giraldo señalándola -. La caída de la estantería le ha destrozado las dos piernas y su condena ha subido. Se ha convertido en cuarenta años de cárcel más estar en silla de ruedas el resto de su vida... o al menos durante sesenta años, tal como nos ha dicho el doctor.
- ¿Y los dos inspectores?
- Ah, sí - contestó Giraldo con una sonrisa tristona -. Son unos tontos. No han querido venir. Los dos ansiaban ver que habías muerto y al ver como se extinguían sus sueños, se han vuelto asqueados a Madrid, y con ellos, el sargento Burke. En cuanto a mí, ya estoy harto. He dimitido. No me llames agente. Llámame Luis, como en los viejos tiempos, ¿vale?
- De acuerdo. Bueno, si quieres mi opinión, es lo mejor que podías hacer - admitió el signore Riccardi-.
- Y...y... ¿Qué ha pasado con el resto de los invitados?
- Ajá - comenzó míster Partridge. Los mencionados en el testamento han cobrado su parte de la herencia. Por cierto, nadie falsificó el testamento. Era verdad que el duque debía a míster Haggard dos millones de dólares. Las hermanas del duque han recibido su parte y se la han repartido. El hermano del duque fue encontrado ayer en su casa, tal y como lo dejé yo. La mansión es suya. ¡Ah, sí! La hermana menor del duque, Hilda Blackhouse, está aquí también, tres pisos más arriba. La han operado, ¡y se pondrá bien! El veneno no hizo todo su efecto porque sólo bebió un poco del café envenenado. Luego, míster Roy y el primo del duque también han cobrado su medio millón. A míster Wendover, ese medio millón no le sirve de nada. En cuanto a nosotros dos - señaló al signore Riccardi y luego se señaló a sí mismo-volvemos a nuestros países.
Los dos me dieron la mano.
- Estoy encantadísimo de haberte conocido - dijo el detective italiano -.
- Y yo lo estoy por verte de nuevo - dijo míster Partridge -.
- Adiós, y buena suerte en tu camino - dijeron al unísono. Luego desaparecieron por la puerta.
- Adiós amigos – pensé -.

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A los tres meses salí del hospital. La cicatriz de la herida se me quedaría como recuerdo. Era mi quinta victoria contra Miller, y lo apunté en mi cuadernito, tal y como lo hacía siempre.

ENRIQUE-VERSUS-MILLER
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Mi primera victoria era la del caso del conde Shacaroff, hacía veinte años. La segunda era la del caso del robo del famoso cetro del siglo X, hacía doce años. La tercera era la del caso del robo del diamante de la duquesa de Laknstone, hacía cuatro años. Y la cuarta era la del caso del robo de las joyas de la señorita García, en la mansión de un amigo mío, hacía tan solo cuatro o cinco meses.
A mi lado, en dirección al aeropuerto, caminaba Luis.
- Tendré que encontrar otro puesto de trabajo - decía Luis, pensativo -.
En ese momento, un coche negro que iba por la calzada frenó junto a nosotros, que estábamos en la acera. Un hombre con un traje marrón bajó del coche y se nos acercó. Llevaba gafas de sol y se las quitó. Entonces pudimos verle la cara. Aquel hombre era de rostro pálido, no llevaba gafas y tenía un pequeño bigote. En la barbilla tenía una especie de hueco muy inusual. Aquella cara me recordaba algo...
- ¡Juan Luis! - exclamamos Luis y yo al mismo tiempo. Aquel hombre era nada más y nada menos que Juan Luis, nuestro antiguo compañero de estudios en el colegio.
- ¡Luis! ¡Cuánto tiempo! ¡Ah, y también estás tú, Enrique!
Juan Luis era el dueño de tres empresas de construcción de carreteras y edificios. Siempre había soñado con ser ingeniero. Gracias a ello, ahora era millonario. Salía a menudo en los periódicos.
- Me he enterado de todo lo ocurrido: Un asesinato, una investigación y una solución. Y te han herido, ¿verdad, Enrique?
- Esto...sí...
- Bueno, recibid los dos mi enhorabuena. Por cierto, para volver a vernos todos, he preparado un viaje por el Atlántico en mi nuevo yate. He invitado a todos nuestros antiguos compañeros: Matías, Miguel, Alex... ¿Os gustaría venir a los dos?
- ¿Por qué no? – dijimos -.
- Muy bien. ¿Subís? - nos invitó mientras señalaba su enorme coche -. Me hospedo en el hotel Prince.
Nos subimos a la gran limusina. El coche arrancó y empezamos a movernos por Londres.

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Nos acercábamos al hotel. Pensaba en mi futuro. La mujer del difunto duque me había pagado la investigación con casi 20.000 euros. Y además iba a pasar una semana de vacaciones en un yate de lujo, en el océano Atlántico, con mis antiguos amigos y compañeros. Aparte de la molesta cicatriz nada había cambiado. Pensé en relajarme un poco, en dejar mi trabajo durante un tiempo. Y todavía intentaba quitarme de la cabeza los rostros de los asesinados; Henry Mcgrallen, el “duque de Blackhouse” y Matheus Stones, “Higgins el mayordomo”. Y también el rostro de Richard Wern, condenado el resto de su existencia por sus piernas. Ellos tres, los “malos” del primer gran crimen que resolví en mi vida, habían vuelto a aparecer en la historia de mi destino para volver a esfumarse cinco días después. Tenía la esperanza de que no volvieran a presentarse nunca más. Pero ya se sabe, hasta a un detective profesional como yo, el destino puede hacerle todo tipo de jugarretas.


FIN

Capitulo 11 y 12
Capítulos 9 y 10
Capítulos 7 y 8
Capítulos 5 y 6
Capítulos 3 y 4
Capítulos 1 y 2
Prólogo

7 comentarios:

  1. Enhorabuena Enrique, nos ha encantado.
    Sabemos que no hace falte animarte mucho y que ya llevas 45 páginas de tu nievo relato que vas construyendo poco a poco robando tiempo al ocio.
    Gracias por el buen rato que nos has hecho pasar.
    Un beso de tus abuelos.

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  2. Esa escena de esgrima con pesadas espadas es fantástica! Y cómo remata las historias. Tiene un don para estas cosas, resulta sumamente prometedor. Qué maravilla dedicar el tiempo libre a actividades tan enriquecedoras como esta. Yo estoy segura de que un día, muy pronto, tendremos un libro suyo en nuestras manos. Y madame, hasta ahora no me he equivocado con estas cosas.

    Enhorabuena a Enrique una vez más.

    Feliz fin de semana.

    Bisous

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    1. El final nos sorprendió a todos porque normalmente se sacan conclusiones.
      Ojalá madame sus corazonadas se cumplan. Sería estupendo que el chico al menos pudiese profundizar en ser escritor. Madera tiene pero aún no ha cumplido los 12. Le faltan 13 días:-)
      Bisous

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  3. Este chico tiene talento. Que bien ha resuelto el caso sin dejar flecos sueltos.
    Espero que se recupere de la estocada y pueda seguir escribiendo.
    Un abrazo al nieto y a la abuela:-)

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    1. Muchas gracias A.L. esperamos que siga. De momento ya ha empezado otro:-) Dejemos actual al tiempo.
      Un abrazo y muy agradecida en su nombre.

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  4. Todo un genio este chaval.
    Es de esperar que no deje la afición.
    Un abrazo.

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    1. Gracias Javier. Lo esperamos y deseamos porque creemos que tiene madera. Pero los acontecimientos no se pueden adelantar.
      El tiempo pone sus condiciones.
      Un abrazo y buen finde

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Bienvenido. Gracias por tus palabras , las disfruto a tope y además aprendo.

“EL TIEMPO QUE PERDISTE POR TU ROSA HACE QUE TU ROSA SEA TAN IMPORTANTE”. Saint-Exupéry

“EL TIEMPO QUE PERDISTE POR TU ROSA HACE QUE TU ROSA SEA TAN IMPORTANTE”. Saint-Exupéry