"La mejor herencia que se le puede dar a un niño para que pueda hacer su propio camino, es permitir que camine por sí mismo." Isadora Duncan

"Estoy convencido que uno de los tesoros que guardan los años es la dicha de ser abuelo"
Abel Pérez Rojas

Te quiero

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"No entiendes realmente algo a menos que seas capaz de explicárselo a tu abuela." Albert Einstein

miércoles, 13 de agosto de 2014

El Enigma de la Atalaya: Epílogo


-¡Maldito sea ese periodista! -gritó el comisario Gómez-. ¡Cómo nos la ha jugado! ¡Ha quitado la escalera de cuerda y no podemos trepar!
-Sólo nos queda una solución –dijo con rapidez Longman-.
-¿Cuál es?
-Volver atrás.
-¿Cómo? ¡Eso es de suicidas! La sala se está derrumbando y…
-¿Y crees que conseguiríamos salir por ahí arriba? Ese sótano tiene que tener otra salida. ¡Rápido!
-Los tres regresaron al sótano. Todo estaba ardiendo. Un pequeño camino se abría entre los restos hasta la mesa de DJ, un camino que aún no estaba en llamas. El ex comisario se acercó a la pared y dio un golpe con lo que quedaba con su bastón. Se dio la vuelta.
-¡Rápido! ¡Levantad esa viga y derribad la pared! –bramó-.
Los dos policías hicieron lo que les decía. Tras varios intentos fallidos una piedra cayó y se abrió un agujero suficientemente grande como para poder pasar. Salieron al exterior, a un descampado, y se alejaron todo lo que pudieron. A sus espaldas la Atalaya ofrecía un terrorífico espectáculo. El fuego de elevaba muchos metros, las vigas que sobresalían amenazaban con desplomarse, los restos del portón rodaban, las almenas… Poco a poco aparecían grietas por toda la superficie.
-¡Al pueblo! -gritó Sebastián- ¡Hemos de alertar a todo el mundo!
-¡Corramos! -gritó el comisario Gómez-.
Los tres, llevando a Jaime Carralero como podían, se precipitaron hacia abajo por el camino del infierno.

************

Poco queda por contar. El ex comisario y sus amigos llegaron al pueblo, alertaron a los habitantes y todos los que habitaban en la ladera pudieron ponerse a salvo a tiempo. La Atalaya se derrumbó por completo finalmente y sus restos cayeron por el precioso monte; algunos hasta hundieron parte del mercado, dejando sólo escombros y madera quemada a su paso. Toda la falda del monte quedó arrasada. Con la ayuda de los vecinos, que colaboraron como pudieron en acarrear agua, los bomberos pudieron sofocar el incendio.

“La Atalaya se derrumbó por completo finalmente y sus restos cayeron por el precioso monte…”

Se llevó a cabo una búsqueda de Jaime Solís y de Silvia Sánchez, pero fue en vano. No se pudo hallar ningún resto de ninguno de los dos. El ex comisario Longman, el comisario Gómez y Sebastián, una hora después de bajar y de dejar a Julio Carralero en la clínica, se reunieron en la comisaría. Cuando entraron, los agentes, que estaban allí trabajando –a pesar de que eran las dos y media de la mañana-, comenzaron a aplaudirles. A empujones tuvieron que abrirse paso hasta llegar al despacho del comisario Gómez. Allí, delante de unos vasos de café con leche, se pusieron a conversar sobre todo lo ocurrido.
-¿Cómo supiste realmente que era el zumo lo que estaba contaminado, Henry? -dijo el comisario muy serio-.
-Según me habíais contado, era el puesto más reciente del mercado. Y, la gota que colma el vaso, el dueño también era uno de los más recientes. Era imposible que toda la gente se robara a sí misma por voluntad propia, por lo que deduje que lo hacían contra su voluntad. ¿Cómo? ¿Bajo qué tipo de obligación? ¿Un chantaje colectivo? No puede ser. Por lo tanto, alguien los manejaba en secreto. Y la mejor idea que se me ocurrió fue que los controlaban haciéndoles tomar algo. ¿Qué hay mejor en verano que un zumo de frutas bien fresquito? Yo sólo tome un sorbo. ¿Qué me pasó? Me dolió la cabeza, se me secó la garganta, etc., pero no sufrí ningún efecto sobre mi voluntad. Uno de vosotros se tomó un vaso entero…que sí hizo efecto.
-¿Y los que no tomaron zumo? ¿No les pasó nada?
-No. Jaime Solís previó esto. Por eso tocaban el piano de noche, a las doce, para asegurarse de que todos los que no habían tomado zumo estaban dormidos.
-¡Y yo no sospeché de él! ¿Sabéis de quién desconfiaba yo? -dijo Sebastián-.
-¿De quién? –preguntó Longman-.
-¡De Marcos Ramírez! ¡Siempre desaparecía un momento y luego volvía a aparecer en el mismo sitio! Y además no le robaron nada, conseguí hacerme con esa información. Intenté seguirle el día de las elecciones pero se escabulló. Rondaba siempre el mercado, aun cuando los puestos estaban cerrados.
-Yo también le seguí, je, je. –explicó Longman-. Resulta que Marcos Ramírez había recibido pescado podrido y no quería que nadie se enterase, pues habría sido un escándalo. Recibía en secreto a su proveedor en la pescadería, en el mercado.
-Una cosa, Sebastián -dijo el comisario Gómez-, ¿por qué tenías dos pistolas en vez de una en la Atalaya?
Sebastián se puso muy nervioso.
-Bueno, es que llevaba conmigo antes la mía en el bolsillo, pues pensaba ir solo a la Atalaya, pero cuando usted llegó, pues tuve que coger la otra que me hizo buscar…
-¿Pensabas ir sólo? ¿Estás chalado? ¡Jaime Solís podía utilizarte como rehén o como…!
-“Lo escrito, escrito está”, como dijo Poncio Pilatos –sentenció el ex comisario-. Salgamos que he de hacer algunas gestiones.

************

Hicieron un par de visitas, primero a la clínica para ver a Julio Carralero que aún no había recobrado el sentido y luego a casa de Marcos Ramírez, el pescadero. Éste vivía en la misma plaza que el comisario Gómez y su casa se asemejaba bastante en tamaño y en el exterior. El dueño estaba tomándose una tila para relajarse. No era de extrañar que la necesitara porque los escombros de la Atalaya se habían llevado por delante su pescadería. Les abrió la puerta dando muestras de temblores en las manos, la puerta temblaba con él.
-Buenos días -dijo el comisario Gómez-. No, no hace falta que entremos, gracias. Solo veníamos a decirle un par de cosas.
El ex comisario se adelantó y sin esperar contestación dijo:
-Una única pregunta. Crucial. Fatídica. ¿Le gusta el zumo?
-Eh…no…pero, ¿por qué?
-Está claro. Quien no toma zumo… ¿Qué le robaron a usted? -dijo Sebastián-.
-N…nada, pero, ¿por qué me lo pregunta de nuevo?
-Gracias, señor Ramírez. Podemos irnos –dijo Longman-.
-¿Eh…?
-Ah, y tenga cuidado con el pescado que recibe y luego vende, adiós –se despidió el comisario -.
Le dejaron con tres palmos de narices, y después de decir adiós a Sebastián que se marchaba a la comisaría, el ex comisario y su amigo siguieron caminando por la orilla del río.
En el horizonte, detrás de la casa de Ernesto Saavedra, se veía al sol comenzar a levantarse y destellar. Con un deje de nostalgia el comisario Gómez preguntó:
-¿Qué harás ahora? ¿Irás de nuevo a Santander? ¿Te irás de España?
-No –contestó el aludido-. Tengo mucho, mucho que hacer en España.
-¿Cómo qué?
-Como perseguir a Jaime Solís.
El comisario se quedó pasmado.
-¿Quieres decir que…?
-No murió. Mientras bajábamos por el camino del infierno vi unas huellas recientes. Estaban bien marcadas porque el agua acumulada en la Atalaya se había deslizado por la ladera y la tierra seca convertido en barro.
-¿No murió aplastado entonces?
-No.
-Y, una pregunta más, Henry. ¿Te quedarás a la boda?
-¿A la boda? ¿La boda de quién?
-La de mi hermana y Sebastián, está claro.
-¿Cómo? ¿Qué se casan tu hermana y Sebastián?
-Sebastián lleva cosa de tres años enamorado de ella. ¿No recuerdas cómo se puso de nervioso cuando le ofreció a Matilde ir a su casa?
-Sí, estaba colorado… Bien, como diría Hércules Poirot: “Ahora lo sé todo”.

************

Un par de días después, el ex comisario decidió dejar Atalaya Village. Antes de irse recibió varias noticias. Se había aprobado el presupuesto para las obras de reconstrucción de la Atalaya, Emilio Watson se estaba recuperando y Ernesto Saavedra y Teresa Pérez comenzaban a mostrar síntomas de cordura. Entre las novedades también había alguna mala; Julio Carralero se había fugado de la clínica y se encontraba en paradero desconocido.
El ex comisario Longman tomó un taxi. Se despidió del comisario Gómez con un apretón de manos.
-¿Seguro que no te puedes quedar a la boda?
-No, no puedo Arturo.
-¿Dónde irás primero?
-A Madrid.
-Ajá. Te deseo mucha suerte con tu búsqueda.
-Sí. El mundo es demasiado pequeño como para que no nos encontremos nunca. Sí, algún día Jaime Solís y yo nos volveremos a ver…
El comisario cerró la puerta del taxi. Este derrapó en el barro al arrancar y enfiló la calle Almirante Ortega. Se perdió de vista bajo las primeras luces de la madrugada. El comisario giró sobre sus talones y regresó despacio a su casa. Al entrar, se dirigió a la cocina y se preparó un café. Después de tomárselo se cambió de ropa y se dispuso a trabajar. Tomó una determinación; no permitiría que en SU pueblecito hubiera nunca más siquiera un rastro de delincuencia. Abrió la puerta y se enfrentó a la realidad.
Poco a poco, el pueblo se despertaba. Con la destrucción de la Atalaya era de esperar que la historia de la maldición se fuera olvidando. Se veían algunas luces en las casas, casas de gente tranquila, que sabía que a partir de ahora ya no habría más robos ni sobresaltos. Gente que, aunque no había podido recuperar sus pertenencias de la Atalaya, sabía que ya no volvería a sufrir una historia parecida. Gente que poblaba aquel perdido pueblecito entre las montañas que volvía a tener paz.
Y ahora ya sabemos. Si buscamos entre la vía láctea, encontraremos el sistema solar. En él, la tierra. En ella, Europa. En ella, España. Y en las montañas del norte encontraremos un pueblo muy, muy pequeño, un pueblo que ya no disfruta de la vista de la fortaleza que le dio su nombre, un pueblecito llamado Atalaya Village.


FIN


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Bienvenido. Gracias por tus palabras , las disfruto a tope y además aprendo.

“EL TIEMPO QUE PERDISTE POR TU ROSA HACE QUE TU ROSA SEA TAN IMPORTANTE”. Saint-Exupéry

“EL TIEMPO QUE PERDISTE POR TU ROSA HACE QUE TU ROSA SEA TAN IMPORTANTE”. Saint-Exupéry