"La mejor herencia que se le puede dar a un niño para que pueda hacer su propio camino, es permitir que camine por sí mismo." Isadora Duncan

"Estoy convencido que uno de los tesoros que guardan los años es la dicha de ser abuelo"
Abel Pérez Rojas

"No entiendes realmente algo a menos que seas capaz de explicárselo a tu abuela." Albert Einstein

jueves, 7 de agosto de 2014

El Enigma de la Atalaya 11.- La destrucción


Los demás corrieron a apartarse. El periodista lanzó una estocada y el ex comisario, con una destreza increíble, se lanzó a un lado. Dio un par de saltos y recogió su bastón del suelo.
-¿Y con qué me defiendo? –gritó Longman-. ¿Con mi bastón?
-Buena idea. Es de caoba ¿no? –replicó el otro en tono burlón-.
Solís descargó otro golpe. El ex comisario interpuso su bastón, que casi se partió por la mitad. Sonó un timbre metálico. Entonces, el ex comisario agarró el bastón por el mango y tiró de él al tiempo que sujetaba con la otra mano el resto de la pieza. De dentro salió otro florete, también de hoja de doble filo. El ex comisario tuvo el tiempo justo para defenderse del tercer golpe. Contraatacó, pero Solís detuvo la descarga con una floritura.
-¿Usted también practica esgrima, señor Longman? –preguntó el periodista mientras caminaba rodeando en círculo a su adversario-. Yo la he practicado desde los trece años.
-¡Insensato! –dijo Longman levantando la voz-. El buen manejo de las espadas no depende del tiempo que hemos pasado practicando sino del empeño que ponemos en ello. ¿Qué tal esto? –dijo-.
Acompañó sus palabras con una estocada perforadora que Jaime Solís apenas pudo esquivar. Le devolvió un ataque que iba destinado a la cabeza pero que no llegó a su objetivo porque Longman pudo rodar hacia un lado. El ex comisario levantó un poco más el florete y, de un solo golpe, envió el de su contrincante por el aire hasta el otro lado de la sala para chocar finalmente contra la pared. Apuntó entonces con la punta de su florete a la garganta de Jaime Solís.
-Pero…pero, ¿cómo…cómo lo ha hecho? ¡Tiene que tener usted por lo menos sesenta años!
-Sesenta y dos. Ahora, basta de juegos y…

“Acompañó sus palabras con una estocada perforadora que Jaime Solís apenas tuvo tiempo de esquivar.”

Un objeto llegó por el aire, demasiado rápido como para que el ex comisario tuviera tiempo de reaccionar. Le dio en la cara. Jaime Solís aprovechó el momento para apartarse del florete de Longman. De un salto subió a la excavadora, donde se encontraba Silvia Sánchez que sujetaba en su mano varias teclas del piano. Con ellas había golpeado en la cara al ex comisario. Jaime Solís se sentó en el asiento de cuero desgastado, sacó unas llaves de su bolsillo izquierdo y las conectó a la máquina. Silvia Sánchez se colocó detrás de él. El periodista giró las llaves e hizo rugir la excavadora y que echara una bocanada de humo ennegrecido por la chimenea de la parte delantera. Se puso en movimiento.
-¡Voy a enviarle al infierno, señor Longman! ¡Por el mismo camino por el que ha venido usted a parar aquí! –dijo-. Agarró las palancas de la caja de cambios y las movió bruscamente. La pala de aquel armatoste se movió con rapidez. El ex comisario y los dos policías se tiraron al suelo y se salvaron del golpe pero Julio Carralero, falto de reflejos, fue a parar al otro lado de la sala, donde quedó tirado como un muñeco de trapo. La excavadora, dejando tras de sí unas marcas profundas en la pared avanzó hacia el ex comisario. Este se apartó pero la máquina viró y se colocó enfrente de él de nuevo. Longman, casi incapaz de moverse por el cansancio acumulado y con un florete inservible en la mano, no pudo retirarse totalmente. La enorme pala le golpeó en la espalda y cayó al suelo. Rodó y acabó golpeándose contra la destartalada estructura.
-¿Ya ha dejado de moverse? Bien, ¡acabemos de una vez! -dijo Silvia Sánchez-. La pala se elevó para el golpe final. De repente, con un ruido a cristales rotos, algo se estrelló contra ella. Parecía haber sido una botella que dejó esparcido su contenido por el metal amarillento.
-¡No! -gritó Jaime Solís-. ¡Los experimentos no!
Detrás de la excavadora se encontraban el comisario Gómez y Sebastián. Habían cogido algunos instrumentos y frascos de las mesas y los arrojaban contra la máquina.
-¡Dese por preso o lo destruiremos todo! -le gritó el comisario-.
-¡Entonces acabaré primero con ustedes! -dijo Jaime Solís-. La máquina dio la vuelta y avanzó hacia el comisario con un ruido mecánico. Se elevó la enorme pala justo en el momento en el que Sebastián se lanzaba y empujaba al comisario a un lado. La pala se precipitó y se llevó por delante todas las mesas. Muchos frascos cayeron y se rompieron. El suelo se llenó de líquidos efervescentes que emitían agudos silbidos. Algunos frascos fueron a dar contra las patas de madera de la estructura, que al contacto con los líquidos que contenían, comenzó a quemarse por unas partes y a derretirse por otras.
Jaime Solís soltó un gemido. Movió los mandos y continuó persiguiendo al ex comisario, el cual, cojeando cada vez más, se acercó a la estructura. La enorme excavadora levantó la pala una vez pero, a una rápida señal del ex comisario a Gómez, éste supo qué hacer. Cogió un frasco de un rojo brillante, el más grande que encontró, y lo lanzó contra la pata más carcomida de la estructura. El frasco estalló y empapó la madera. Se elevó una nube de vapor morada y la pata se desintegró literalmente. La estructura se tambaleó y comenzó a inclinarse. Jaime Solís soltó los mandos de la máquina al tiempo que la estructura se venía abajo.
Para Jaime Solís, que estaba horrorizado, se hizo demasiado tarde. Los cinco metros de altura por tres de anchura de la torre de hierro y madera se desmoronaron sobre él. El suelo empezó a temblar y las paredes de la sala también. Sebastián corrió hacia la salida. Longman y el comisario se alejaron lo más posible. Saltaban trozos de metal amarillo y masas de cristales. Se levantó una nube de polvo bajo la cual solo se veía madera. Por un extremo asomaba la enorme pala amarilla de la finalmente liquidada excavadora.
-Vaya -dijo el comisario-. Parece que así acaba todo…
Pero justo entonces, de entre los trozos de cristal y astillas de madera emergió una mano y luego la cabeza de Jaime Solís. Por fin salió él entero, aparentemente sano y salvo.
-¿Y…y su esposa? -preguntó Sebastián-.
-Está muerta… ¡Muerta! ¡Esa maldita pala le aplastó la cabeza! Adiós, señor ex comisario. No lograré mi plan, pero le llevaré a usted al infierno. Adiós.
Metió la mano en su bolsillo y sacó un aparato de metal plateado, parecido a un mando de televisión, con un solo botón rojo en medio.
-La Atalaya está llena de dinamita, de arriba abajo. Un solo botón, unos segundos y… ¡BUM!
Se acercó a los restos de la estructura y recogió la pistola automática. Levantándose y esbozando una sonrisa forzada apuntó al ex comisario y disparó.
El ex comisario Henry Longman hizo un gesto brusco. Tembló y cayó cuan largo era sobre el suelo de piedra. Su florete dio un salto, voló dos metros y cayó al lado de la mesa de DJ, que seguía intacta. Jaime Solís apuntó luego al comisario Gómez, que gritaba.
-¡No! ¡Henry!
-Ahora usted, señor comisario. No me vendrá bien tener testigos. Una, dos y…
Sonó otro disparo, pero no salió de la pistola de Jaime Solís. La del periodista saltó de su mano y cayó a los pies del comisario. Sebastián se había hecho con otra pistola y había disparado de nuevo a la del villano.
-¡Basta de tonterías! -gritó Jaime Solís al ser derrotado otra vez-. Levantó la mano que empuñaba el mando y pulsó el botón.
El suelo tembló. Las astillas y trozos de metal que formaban una montaña sobre la excavadora comenzaron a moverse y resbalar. Las rocas que formaban las paredes empezaron a agrietarse. Hubo una explosión y cientos de piedras de todos los tamaños saltaron y golpearon las paredes. Todos cayeron al suelo cuando las vigas de madera se vinieron abajo. La mesa de DJ quedó esta vez completamente aplastada. Saltaron chispas y las vigas se prendieron fuego. Los cables que cruzaban el techo se quemaron y los pocos altavoces que quedaban en pie explotaron. La viga principal cayó a menos de un metro de Julio Carralero, que seguía en el suelo como un muerto, y estuvo a punto de aplastarle la cabeza.
Unos minutos después todo ardía bajo las llamas en el más completo caos. Las paredes rocosas comenzaron a desmoronarse sobre lo que quedaba del sótano. El camino hacia la salida apenas estaba despejado.
Una viga especialmente grande y pesada cayó en medio de la sala y dejó separado al periodista de los dos policías. Jaime Solís aprovechó para correr hacia la salida y desaparecer. Sebastián y el comisario Gómez quedaron atrapados. Cada vez hacía más calor y parecía que las paredes no aguantarían mucho tiempo más. No podían salir.
Una mano se apoyó sobre el hombro del comisario, quien dio un grito al volverse y ver de pie ante él, vivito y coleando, al ex comisario Longman.
-Pero…pero… ¡Estabas muerto! –gimió Gómez-.
Por toda respuesta el ex comisario le enseñó su florete. Tenía una marca negra y le faltaba un pequeño pedazo de metal.
-¿La…la bala golpeó el florete? ¡Pero…pero la probabilidad de que eso ocurriera era prácticamente nula!
-Eso no importa ahora. Recoged a Julio Carralero y ¡CORRED!
Los dos policías se acercaron a lo que había sido la mesa de DJ y levantaron a Carralero. Tenía una brecha en la cabeza y estaba muy mareado. Lo cargaron sobre los hombros de Sebastián y corrieron a la salida. Salieron del sótano justo a tiempo, pues el techo cayó a pedazos detrás de ellos y no quedó un hueco libre en el pasadizo. Los temblores continuaban. Unos segundos más y la Atalaya entera se vendría abajo. Avanzaron tropezando y metiéndose en los charcos, en vez de gotas caía agua a chorros del techo directamente. Empapados, llegaron hasta donde debía estar la escalera de cuerda. Entonces hicieron un terrible descubrimiento: no había ninguna escalera de cuerda.

Recapitulando
Presentación y personajes
Capítulo 1.- Robos (Primera parte)
Capítulo 1.- Robos (Segunda parte
Capitulo 2.- Crimen y explosión
Capítulo 3.- El Alijo
Capítulo 4.- El loco del mercado
Capítulo 5.- La nueva alcaldesa 2ª parte
Capítulo 6.- Locura y Maldiciones
Capítulo 7.- Vino en vez de Cerveza
Capítulo 8.- La incursión
Capítulo 9:- En el sótano
Capítulo 10.- Maléfico plan

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Bienvenido. Gracias por tus palabras , las disfruto a tope y además aprendo.

“EL TIEMPO QUE PERDISTE POR TU ROSA HACE QUE TU ROSA SEA TAN IMPORTANTE”. Saint-Exupéry

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