"La mejor herencia que se le puede dar a un niño para que pueda hacer su propio camino, es permitir que camine por sí mismo." Isadora Duncan

"Estoy convencido que uno de los tesoros que guardan los años es la dicha de ser abuelo"
Abel Pérez Rojas

"No entiendes realmente algo a menos que seas capaz de explicárselo a tu abuela." Albert Einstein

martes, 29 de julio de 2014

El Enigma de la Atalaya. 9.- En el Sótano


Julio Carralero avanzaba entre los escombros del interior de la torre a través de lo que parecía un corto vestíbulo. Todo estaba cubierto por hierbas y maleza. Entró en una gran estancia circular, con el suelo cubierto de piedras desgastadas y zarzas. Se acercó a una de las paredes y empezó a tantear. El ex comisario le observaba.
-En la pared lateral derecha, el quinto ladrillo a la derecha de la equis blanca- murmuró el tipejo mientras leía lo que parecía una hoja de cuaderno manchada de barro-, el sexto encima del anterior y empujamos el tercero al sureste de éste último. Qué birria de instrucciones. ¿Y la equis blanca…? ¡Ah!, ¡aquí está! A la derecha…ajá…encima…ajá…al sureste… ¿Cómo que al sureste? Sur…este…ah, en diagonal… ¡Lo tengo!
Presionó el ladrillo indicado. Se oyó un crujido. Julio Carralero se volvió y contempló como una roca del suelo en el centro de la sala se desplazaba hacia la izquierda, y dejaba ver una losa con una argolla.
-Pero… ¿Pero qué es esto? ¡Se supone que se abriría la trampilla! -gritó- ¡No que tendría que abrirla yo!
Se acercó a la argolla soltando improperios, la agarró y tiró hacía sí. Consiguió apartar la losa y se metió por el hueco. La losa cayó con estrépito, la roca se corrió y quedó cubierta de nuevo la argolla. En ese momento el ex comisario Longman salió de su escondite. Se acercó hasta el ladrillo con una equis blanca, contó los ladrillos necesarios que le había escuchado a Carralero y presionó el ladrillo final. De nuevo se apartó la roca y aparecieron losa y argolla. Longman dudó un momento; sacó de uno de sus bolsillos una tiza blanca y pintó el ladrillo que funcionaba como resorte. Luego, con un hierro que encontró en el suelo, hizo palanca y levantó la losa. Miró al hondo y negro agujero. A un lado había una escalera de cuerda. Agarró bien su bastón y dio un salto hacia el interior.

************

El comisario Gómez se paseaba inquieto por la habitación. Pensó que Longman no tardaría en regresar pero se estaba haciendo tarde. Golpeó la puerta en vano.
-¡HENRY! ¡HENRY! –gritó-.
Se lanzó contra la puerta e intentó echarla abajo. Al tercer empujón lo consiguió y, dejando atrás los restos de maderas y yeso, bajó corriendo las escaleras. Sin hacer caso de los gritos de la dueña del hostal, que también quería salir de su habitación, abandonó el hostal y corrió calle arriba, cruzó el puente y llegó hasta la plaza mayor. Tomó una de las calles perpendiculares y llegó a la comisaría.
Había una luz encendida. El comisario entró y fue directo al despacho del alguacil. Sebastián estaba sentado ante su mesa, trabajando. Al oír entrar al comisario se despertó sobresaltado.
-¡Señor comisario! Esto…yo…
-Vamos, tenemos trabajo, Sebastián.
-Pero son las once….
-Si a Henry le pasa algo, no nos quedará nada en propiedad en el pueblo. ¡Nos lo robarán todo!
-¡Voy!
-¡Coge tu revólver! ¡Y dame el mío! –ordenó el comisario-.
Sebastián se acercó al archivador de la esquina y de un cajón lleno de papeles extrajo dos automáticas del tamaño de un puño. Le dio una al comisario Gómez y ambos salieron a gran velocidad hacia el mercado.
Corrieron hasta llegar al primer puente del río y lo cruzaron. Rodearon el ayuntamiento y llegaron a la verja mohosa de la que partía el camino del infierno.
-Señor comisario, esto…no creo que sea una buena idea subir por ahí…
-Mi mejor amigo está allí arriba. ¡No puedo dejar que le pase algo! ¡Vamos! –ordenó el comisario-.
Sebastián sacó su pistola y siguió al comisario por el camino del infierno. Unos minutos más tarde llegaron a la torre.
-Brrr…yo…yo nunca he subido aquí, señor comisario.
-Ni yo tampoco. ¿Qué hora es?
-La once y media. ¿Por qué?
-Por nada. ¡Entremos!
Atravesaron la puerta, cruzaron el vestíbulo y llegaron a la sala circular.
-¿Qué es lo que estamos buscando, señor comisario? -preguntó Sebastián-.
-A Longman, vino aquí, estoy seguro. ¿Dónde estará?
-¡Mire eso, señor comisario! -dijo Sebastián, y señaló una equis blanca pintada en un ladrillo-.
-¡Seguro que hay un resorte! ¡Rápido, empújalo!
Sebastián apretó el ladrillo pero éste se quedó donde estaba.
-No se mueve…
-Tal vez esa cruz no significa nada… ¡sigamos buscando!
-¿Y este otro ladrillo? –indicó el aguacil con el dedo sobre uno pintado de blanco-.
-Prueba a ver…- contestó el comisario-. Sebastián empujó el ladrillo. El suelo se abrió bajo los pies del comisario quien dio un alarido. Una vez repuesto del susto vio que habían aparecido una losa y una argolla.
-Sebastián, tiremos, me huelo que no está lejos Longman -indicó al alguacil-. Tiraron entre los dos y unos segundos más tarde conseguían levantar la losa de piedra y descubrían el negro pasadizo.
-Baja tú primero, Sebastián.
-¿Yo…yo, señor?
-De acuerdo, miedica, bajaré yo.
El comisario se santiguó, empuñó la pistola y descendió por la escalera de cuerda. Sebastián echó una mirada nostálgica alrededor, por si no había de volver, y comenzó a bajar detrás del comisario.
Tras llegar al fondo del agujero descubrieron un nuevo pasadizo, oscuro como la boca del lobo. El suelo estaba encharcado porque del techo se filtraba agua que caía continuamente en forma de gotas de color verdoso. Las paredes, llenas de inquietantes orificios, parecían hechas aposta para dar cobijo a las ratas. Unas toscas raíces asomaban por entre algunas piedras. Al fondo del túnel había luz, así que se dirigieron hacia allí. Llegaron a una sala muy grande donde ya había alguien…

************

El ex comisario Longman había ido a parar antes, siguiendo el túnel, al mismo sitio. La estancia parecía dividirse en dos niveles, el suelo era de dura piedra gris y sobre él había una estructura de madera tosca, de unos cinco metros de altura, remachada con clavos y tornillos y sujeta a unas vigas de hierro. A los lados de la sala se habían colocado varias mesas con todo tipo de instrumentos, medidores, líquidos coloridos, aparatos eléctricos y distintos envases, pipetas, trípodes, matraces y otros objetos y aparatos de laboratorio. De unos recipientes a otros a través de tubos de cristal se trasvasaban líquidos humeantes.
En las paredes podían verse cuatro armarios empotrados que apenas se distinguían por ser del mismo color que las paredes. Junto a la estructura de madera había una máquina excavadora amarilla, de al menos cuatro metros de altura, que tenía una cabina con los cristales rotos. Al otro lado de la estructura todo estaba lleno de cables, varios equipos de música, una mesa de DJ de discoteca, altavoces y micrófonos. Algunos de los cables ascendían en espiral por una de las patas de la estructura y se amontonaban a un lado de una plataforma superior.
Julio Carralero, de pie junto a la torre de madrea, estaba temblando.
-¡Señor Longman! Yo…yo no…
A la velocidad del rayo metió la mano en su bolsillo y sacó un revólver. Apunto al ex comisario sin dejar de temblar.
-¡Quieto, señor Longman! Quieto o…o ¡dispararé!
En ese momento ambos oyeron un ruido de pasos. Se giraron y vieron como el comisario Gómez y Sebastián entraban llevando las pistolas desenfundadas.
-¡Henry! –llamó el comisario-.
-¡Señor Longman! –gritó Sebastián-.
-¿Julio Carralero? -dijo el comisario-. ¿Pero qué…?
-¡No! -bramó el ex comisario-. ¡Tendríais que haberos quedado en el pueblo! ¡Vais a echar por tierra mi plan!
-Pero… ¿qué está pasando? –interrogó el comisario-, ¿qué hace él aquí? –añadió señalando a Carralero-.
Julio Carralero parecía no saber qué hacer. Decidió apuntar primero al comisario Gómez y disparó. El policía se había tirado justo antes al suelo al ver sus intenciones. La bala fue a dar a uno de los frascos de laboratorio, el cual estalló y derramó todo su contenido azul sobre la mesa.
Sebastián, demostrando una puntería excelente, disparó al mango del revólver de Julio Carralero. Acertó el objetivo y consiguió que el arma saliera volando y cayese a los pies del ex comisario, el cual la recogió.
-¿Qué está pasando aquí? –preguntó el comisario Gómez-.
-Me…me dijo que viniese… -contestó Carralero-.
-¿Quién?
-¡Él! –contestó Longman-, y señaló a la excavadora amarilla del rincón.
-Ya era hora de que lo descubriera, señor Longman -dijo una voz insidiosa-. Comisario y alguacil se volvieron. Sonriendo con cara de demente y sujetando un arma automática, salió de la cabina de la excavadora Jaime Solís.

Recapitulando
Presentación y personajes
Capítulo 1.- Robos (Primera parte)
Capítulo 1.- Robos (Segunda parte
Capitulo 2.- Crimen y explosión
Capítulo 3.- El Alijo
Capítulo 4.- El loco del mercado
Capítulo 5.- La nueva alcaldesa 2ª parte
Capítulo 6.- Locura y Maldiciones
Capítulo 7.- Vino en vez de Cerveza
Capítulo 8.- La incursión

3 comentarios:

  1. Vaya, ¿qué ha hecho blogger con el comentario que había dejado?? Pues sí que anda bien esto. Y ahora, al volver a intentarlo, me salía "service unavailable". A ver si puedo volver a dejarlo sin que me desaparezca.
    A mí me preocupa que se derrame el líquido azul del frasco del laboratorio, porque vaya a saber qué podía contener, y las consecuencias del accidente. Aunque entre el tiroteo que tuvo lugar, en realidad eso parece lo de menos!
    A ver por dónde nos sale Jaime Solís.

    Feliz fin de semana, madame.

    Bisous

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  2. Ay, por dios, no vea lo que me costó subirlo!!

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    Respuestas
    1. A mi me está pasando esto mismo muchas veces. Debe de ser que están tocando algo los de Google:-(
      Ya casi está tocando a su fin.Quedan dos capítulos solamente y epilogo. Lo del líquido azul promete.
      Bisous y gracias mil madame

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Bienvenido. Gracias por tus palabras , las disfruto a tope y además aprendo.

“EL TIEMPO QUE PERDISTE POR TU ROSA HACE QUE TU ROSA SEA TAN IMPORTANTE”. Saint-Exupéry

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