"La mejor herencia que se le puede dar a un niño para que pueda hacer su propio camino, es permitir que camine por sí mismo." Isadora Duncan

"Estoy convencido que uno de los tesoros que guardan los años es la dicha de ser abuelo"
Abel Pérez Rojas

Te quiero

Te quiero

"No entiendes realmente algo a menos que seas capaz de explicárselo a tu abuela." Albert Einstein

lunes, 19 de octubre de 2015

Misión imposible 2.0



¿Qué es lo que la gente entiende por “enigma”?
Algunas personas dicen que es un misterio que no consigue resolverse. Otras, que se trata de una situación problemática de la que se sale al solucionarla. En el diccionario podemos leer lo siguiente:
1. m. Dicho o conjunto de palabras de sentido artificiosamente encubierto para que sea difícil entenderlo o interpretarlo.
2. m. Dicho o cosa que no se alcanza a comprender, o que difícilmente puede entenderse o interpretarse.
Pero un enigma, para ser tal, ¿es necesariamente difícil de resolver? Afirmo que depende de la situación. Si por ejemplo desaparece una lata de sardinas, tendremos que buscarla por toda la casa para descubrir dónde se encuentra, hasta que comprobemos que el gato se la ha comido. Ese enigma es de los sencillos, hay otros muchos más complicados, como por ejemplo, un asesinato.
No tengo intención de ponerme dramático o incluso nervioso, pero el enigma del que quiero tratar se parece bastante a un asesinato. Es, claro, un enigma de la clase “complicados”. Como tampoco quiero ponerme aburrido, ahí va sin más rodeos mi historia.
Hace un par de semanas, un servidor (no he contado nada aún sobre mí, soy policía en Galapagar), se enfrentó a un caso muy extraño. Acababa de atrapar a un ladrón tras atracar en una joyería. Había intentado huir en coche sin conseguirlo por estrellarse contra un árbol al salirse de una curva de la carretera. Hasta ahí, todo bastante fácil. Sin embargo, al día siguiente de este suceso, tenía encima al típico periodista pesado:
-Periodista: Fue usted muy valiente al enfrentarse solo a ese ladrón, que al parecer iba armado. ¿Sintió pánico o algo así?
-Yo: (aburrido) No.
-Periodista: (sonriendo y escribiendo mientras yo no hablaba) Según mis fuentes, hubo varios disparos tras estrellarse el coche contra el árbol…
-Yo: (aburrido) Pues dígales a sus fuentes que se han equivocado de ciudad y de país. Buenos días.
La verdad, nunca me han gustado demasiado los periodistas, y eso que un primo mío se dedica al mundo informativo. Pero sigamos el relato.
Horas después de la entrevista, mi jefe me llamó a su despacho:
-Enrique, tengo que contarte algo.
-Sí, jefe. ¿En qué puedo ayudarle?
-Resulta que ha desaparecido un tipo en nuestro municipio. Era un…cartero. Al parecer, varios vecinos del extrarradio se han quejado a Correos porque no han recibido correspondencia durante la semana. Sólo una casa, la primera de la calle Cuatro Matejas, tenía algunas notificaciones en el buzón. Así que el cartero debió dejar el correo en esta casa y luego desaparecer. No le encontramos en su domicilio y ni familia ni conocidos tienen noticias suyas. Ahí es donde entras tú, Quique. Quiero que vayas a Cuatro Matejas e investigues sobre el cartero desaparecido. Se trata de un chalet de tres pisos.
-¿Un chalet? Y ¿cómo hago? No puedo ir y llamar a la puerta para pasar a investigar así como así.
-Lo he previsto todo. Te harás pasar por fontanero. Varios de tus compañeros se las han arreglado para provocar una avería seria, así que tendrás tiempo de sobra.
-Un momento, jefe. ¿Cómo puede estar tan seguro de que la desaparición del cartero tiene que ver con esa casa?
-Porque su propietario tiene antecedentes penales. Se llama Roberto Montero. Es el presidente de una empresa con implantación en Alemania y está realmente forrado. Antes de llegar a estar bien posicionado, pasó un tiempo en la cárcel por intento de asesinato y por fraude fiscal.
Di un silbido de sorpresa. Vaya, un elemento de cuidado.
-Entonces está fichado, ¿no? ¿Por qué no pide una orden de registro?
-Porque eso no nos conduciría a nada. Le pondríamos sobre aviso y ocultaría cualquier tipo de indicio. No, hace falta encontrar algo, una prueba rotunda que nos permita inculparle en el asunto si es responsable. Ve y si no encuentras nada, entonces ya pensaremos otra cosa. Además, dispondrás de tecnología de última generación.
Mi jefe abrió un cajón de su escritorio y sacó un cronómetro bastante grande, una caja de herramientas y un mono de fontanero.
-Ah, la tecnología…
-Sin guasas. Este cronómetro cuenta con GPS, sensor de calor y cámara fotográfica de 16 mega píxeles, además de funcionar con un teléfono móvil. Vamos, un súper Smartwatch. En la caja de herramientas, camuflada entre ellas, tienes una pistola calibre medio. En el mono de fontanero no hay nada especial, pero es muy importante de todos modos.
Probé el cronómetro: pantalla táctil, montones de archivos…
-¡Eh!, ¡se puede escuchar música! -exclamé, divertido.
Al mirarme mi jefe, comprendí que había sido un comentario bastante tonto.
-¡Vamos, vago! En cinco minutos quiero verte con ese mono puesto y cogiendo la furgoneta. La hemos pintado para que parezca de una empresa de fontanería ¡Venga! Estaremos en contacto.
Así fue. Me puse el traje, arranqué la vieja furgoneta y me dirigí a la calle Cuatro Matejas. La parcela y el edificio eran de un tamaño considerable, muchos metros cuadrados llenos de tuberías entre otras cosas, tejados de pizarra, terrazas al exterior, un gran jardín privado…
Me bajé de la furgoneta, cogí la caja de herramientas, cerré y me guardé la llave. Luego crucé el césped, subí los escalones de la entrada y llamé al timbre.
Las notas musicales resonaron como si hubiera eco. En una película de terror hubiese caído un rayo y sonado un trueno, cosa que está mal, puesto que el trueno va después del rayo, pero creo que estoy desviándome del tema otra vez.
Casi al instante se abrió la puerta y un personaje bastante raro apareció en el marco. Se trataba de un tipo de mediana altura, vestido de esmoquin y con una pajarita blanca, pelo canoso, arrugas….
-¿Qué desea el señor?
-Pueees…venía a…soy el fontanero, claro, pues eso, que…vengo a reparar la avería que tienen…
Vaya. Se ve que no he nacido para actor.
-Ah, sí, el fontanero- me replicó el tipo, algo suspicaz-. Pase, pase, señor…
-Pecha…quiero decir, este…Pérez, sí…eso es, Eduardo Pérez.
-Pase, señor Pérez -me contestó, al tiempo que cerraba la puerta tras de mí-. Soy el mayordomo del señor Montero.
¿Con que mayordomo, eh? ¡De esos sólo quedan en las películas! Ya sabéis, el malo de todas las historias de detectives. En los enigmas del siglo veinte, siempre había un mayordomo. Bueno, si era el mayordomo, entonces también debía ser el cómplice, ¿no?
-¿Le ayudo con la caja, señor Pérez?
-¿Eh? Ah, no, no hace falta, gracias, esteee…
-Sebastián.
-Eso, Sebastián – repliqué con una medio sonrisa al comprobar que el nombre también se correspondía con uno de los habituales de los mayordomos en el mundo cinematográfico-. Bueno, usted me dirá dónde está la avería…
-Realmente son tres. La primera está en el lavabo del baño del primer piso, queda a mano derecha; la segunda avería está en el suelo del segundo piso, también en el baño que se encuentra sobre el anterior, rezuma agua. La tercera es una humedad en una esquina del salón del tercer piso. Según creo recordar, informé de todo eso en mi llamada…
-Claro, claro, era por repasar -casi me tropiezo con las escaleras-. Empezaré por la primera planta. ¿Dónde está el señor Montero?
-Ahora mismo se encuentra precisamente en el salón de ese piso. ¿Desea hablar con él por algo en particular?
-Oh, no hace falta, ya habrá tiempo.
Sebastián arqueó una ceja. Pensé que sospechaba algo y comencé a preocuparme; finalmente parece que se conformó con mi explicación.
-Está bien. Más tarde serviré al señor un café y, si usted quiere, también se lo traeré a Ud.
-Gracias. Hasta luego.
Subí los escalones hasta el primer piso y respiré para coger aire. ¡Menudo interrogatorio! No podía más con mis nervios. De repente, algo me sacó de mi ensimismamiento. ¡El cronómetro sonaba a todo volumen!
Oprimí la pantalla táctil, y me lo llevé a la oreja mientras me metía en el cuarto de baño.
-¿Quién es? –susurré mientras gotas de sudor resbalaban por mi cara-.
-¡Hombre, Quique, macho! ¡Cuánto tiempo!
Era Gus López, mi compañero de oficina en la comisaría, hacker profesional y el preferido del jefe.
-¿Qué quieres, Gus? ¿Por qué llamas y cómo conocías este número de teléfono?
-¡Cuanta pregunta, tío! Mira, el jefe me ha encargado que te ayude, por eso estoy ahora mismo en el sótano de este chalecito, esperando tus órdenes.
-¡El jefe no me dijo nada! Además, ¿qué vas a poder hacer tú ahí abajo?
-¡Olé, el Quique! Pues mira, estoy delante de un portátil, conectado por satélite a todas las cámaras de seguridad del edificio de la manzana completa. Puedo darte la información que necesites, decirte dónde encontrar cosas, incluso ayudarte a manejarte al estilo “Misión Imposible”. Oye, podríamos llamar a todo esto Misión Imposible 2.0. ¡Suena guay!
-Genial. Dos cosas: la primera, no grites, porque tengo al mayordomo que me atiende bastante cerca. La segunda, ¿cómo demonios arreglo esta avería?
Al entrar en el baño había visto que el suelo estaba empapado y cubierto de montones de papel higiénico. Probé sin éxito a hacer salir el agua del lavabo, la ducha y del inodoro. Mostré a mi colega Gus por la cámara el aspecto que tenía todo aquel desaguisado.
-Bueno, estoy buscando en google –me explicó Gus a los pocos segundos-, y me parece que lo que tienes que hacer es soldar la cañería que está pegada a la pared a tu izquierda.
El cronómetro vibraba y al tiempo escuchaba unos golpeteos de teclas de ordenador.
-Tienes las herramientas necesarias y una buena pieza de tubería en la caja. Te llevará como diez minutos –concluyó Gus con toda naturalidad-.
Cuando terminé de soldar siguiendo las instrucciones, llamé a Sebastián para que recogiera el agua del suelo y salí del baño.
-Vale, Gus, voy a subir al segundo piso -le dije-.
Pero antes de que pudiese dar otro paso, casi me la pego contra un señor muy mayor en silla de ruedas. Tenía las piernas cubiertas con una manta.
-Esto…buenas…-me disculpé- ¿Quién es usted?
-Oh, buenos días, joven. Mi nombre es Roberto Montero.
Me quedé helado. Lo había imaginado mucho más joven. La verdad es que cuando pronunció su nombre creí oír un trueno y ver un rayo.
-Pues yo soy…el fontanero, sí. Vine por las averías…
-Oh, por supuesto, siga usted con el trabajo. Cuando termine me busca por favor y me cuenta cómo ha ido todo.
Apoyó las manos en las ruedas de su silla y continuó su camino sobre la alfombra sin hacer ruido. Sentí algo parecido al miedo.
-¿Qué pasa, tío?- la voz de Gus se oyó desde el cronómetro.
La silla de Montero frenó en seco y comenzó a girar sobre sí misma.
-¿Decía algo, señor Pérez?- me preguntó, frunciendo el ceño.
Me llamó inmediatamente la atención que conociese mi falso apellido…
-No, no he dicho nada, señor. He…tosido.
-Ah, claro. Es que tengo algunos problemillas de oído, ¿sabe?
Montero giró de nuevo y se dirigió al ascensor.
-Buf. No vuelvas a hablar por el reloj sin que te de permiso, Gus -dije, cuando Montero desapareció-. O hablo yo primero o nada.
-Vale, vale, pero quítate ese complejo de superioridad. Ahora, sigue por ese pasillo donde estás, encontrarás el despacho del viejo en la primera puerta a la derecha.
Sebastián había bajado a la cocina, a Montero no se le veía por ninguna parte… Eché otro vistazo a mi alrededor y a la puerta en particular: no tenía cerradura y no se podía abrir. Un pequeño aparato metálico encajado en la pared indicaba que haría falta algo más que una llave para entrar.
-Qué mala suerte, Gus, esta puerta tiene lector de pupila. ¿Qué hago?
-Para pupila la mía. Creo que tengo una solución -contestó mi compañero-. En un momento te ayudo.
A través del cronómetro escuché unos golpes y unos cuantos tecleos.
-Ya está, Quique. Escucha, el cronómetro tiene incorporado un sistema de visualización en 3D. Atento, que he descargado una imagen de Roberto Montero desde internet. Voy a escanearla y haré que el ojo coincida con tu cámara. ¿Estás listo?
-Sí, venga. Pero date prisa.
Sostuve mi brazo con el cronómetro delante del detector y unos instantes después se formó en la pequeña pantalla táctil la imagen de un ojo. El lector vibró, parpadeó y la puerta se abrió con un chasquido.
-Muy bien, Quique. Tienes exactamente cinco minutos para hacer un buen repaso. ¡Corre!
Entré como una exhalación en el despacho, de corte clásico, con su escritorio y sus estanterías repletas de libros y carpetas con papeles. Rápidamente corrí a abrir los cajones en la mesa.
-¿Cómo se llamaba el desaparecido? -chillé en el cronómetro.
-Sí…, era un tal Emilio Linaje. Tenía cuarenta y dos años era residente en Galapagar.
Busqué objetos, material, información, pistas, documentos de algún tipo. Pero nada, ninguna relación entre lo que encontraba y el cartero desaparecido. Miré bajo la alfombra, los armarios y hasta me asomé por la ventana.
-¡Date prisa! -Gus interrumpió mis pensamientos- ¡Sal de ahí! ¡Montero se está dirigiendo al despacho!
Después de cerrar los cajones, me di cuenta de que ya era demasiado tarde: la silla de ruedas se acercaba por el pasillo. Cerré la puerta con el mayor sigilo posible e improvisé un plan: me subí a una estantería y, desde ahí, me agarré a una de las vigas del techo con las manos y a otra con los pies. Por suerte el primer piso era el más antiguo y aún tenía vigas visibles. Y así me quedé, colgando como un murciélago del techo del despacho. Escuché un pitido y el chasquido de la puerta al abrirse. Montero entró y dio algunas vueltas de reconocimiento.
“Esto se está liando”, pensé. Ojalá que a Gus no se le ocurriese hablar a través del cronómetro. Montero se acercó al escritorio y abrió los cajones. Luego miró a su alrededor.
Casi a cámara lenta, observé cómo, del bolsillo de mi mono de fontanero, empezaba a escurrirse una pequeña llave inglesa. ¡Pobre de mí!, ¡no había tenido cuidado de guardarla en la caja de herramientas! La llave cayó y golpeó la alfombra. A pesar de que esta era bastante gruesa, Montero pudo oír el golpe seguramente, porque movió su silla, se acercó a la puerta y pulsó un botón medio escondido junto a ella. Las paredes comenzaron a vibrar y se escuchó una voz metálica:
-Iniciando detección de seres vivos.
No me lo podía creer. ¡Montero tenía instalado un sofisticado sistema de detección de energía térmica! El desenlace tenía mala pinta, pero es que además la cosa fue de mal en peor: mis manos sudorosas comenzaron a escurrirse, resbalé y terminé soltándome. Caí como un gato panza arriba delante de Montero.
-Buenas tardes, señor Pecharromán –se dirigió a mí con una sonrisa-. Ahora sí puedo decirle, sea bienvenido.
-Bueno…-titubeé cuando me estaba reincorporando-. Ahora que me ha descubierto, sabrá que no soy un fontanero. Trabajo para la policía municipal. Al parecer, un cartero desapareció en esta casa, o por lo menos bastante cerca de ella, así que tengo la obligación de registrarla entera.
El discurso me salió más mal que bien, y encima Gus volvió a hablar cuando no debía:
-Eh, Quique, ¿cómo va eso? ¿Te ha pillado el viejo?
-Mmmm, no viene solo, señor Pecharromán. Veo que también le ayuda el señor Gus López.
Se oyeron unos golpes y quejidos en el rellano, y unos segundos después entró en el despacho el mayordomo, arrastrando al magullado Gus.
-Le tengo, señor. ¿Me los cargo?
Vi que Sebastián empuñaba una pistola, y me entraron sudores fríos.
-Creo que ustedes dos saben demasiado, señor Pecharromán. Venga, Sebastián, acaba con ellos.
El mayordomo levantó la pistola y todo lo siguiente ocurrió muy deprisa: me agaché a toda velocidad, agarré la llave inglesa de la alfombra y se la lancé con todas mis fuerzas. Le di en la mano y mientras la pistola caía de ella, le agarré del otro brazo y se lo retorcí para tirarle al suelo. Seguidamente, arremetí contra Roberto Montero por si intentaba atacarnos y lo empujé para atrás de forma que se dio contra el marco de la puerta en la cabeza.
-Bueno, bueno, ya basta -me dijo Gus que se estaba levantando-.
-¿Pero qué te pasa, Gus? ¿No te duele nada?
-No, estaba fingiendo. Déjales.
Sebastián y Montero se incorporaron de un salto, ¡los dos! Con un movimiento rápido alcancé y me hice con la pistola.
-¿Alguien puede explicarme qué está ocurriendo aquí? –exclamé-.
Entonces lo comprendí todo, casi en un instante: la desaparición del cartero, el viejo en silla de ruedas, los documentos, los apellidos, la Misión Imposible 2.0., el enigma.... Apreté el gatillo de la pistola y el percutor golpeó un casquillo vacío.
-Vale, lo he pillado, jefe –dije con tranquilidad-.
El falso Roberto Montero se arrancó la máscara que llevaba para dejarme ver la cara de mi jefe, y el mayordomo también. A este no le reconocí, debía ser algún agente nuevo de otra unidad.
-Me parece, Enrique, que has superado la prueba –me dijo mi jefe-, pero sólo con un 5 raspadillo de nota.
-Mmmm, no me parece justo que os hayáis confabulado todos contra mí.
-Pero vamos, Quique. Gus ya pasó por esta prueba, ya lo sabes. Entrenamos vuestra astucia, destreza y razonamiento. Has sido capaz de esconderte de un asesino, de deshacerte de su sistema de seguridad, de hacer un registro en un tiempo record y… hasta has podido arreglar un problema de fontanería.
-Mañana hablaremos sobre ello, ¿vale? -me enfurruñé-. Estas cosas no me gustan.
-Anda Pecharromán, pelillos a la mar. Ya sabes que todo esto forma parte del protocolo de entrenamiento regular. Venga, queda clausurada la Misión Imposible 2.0. Os invito a los tres a unas cervezas.
En ese momento, por encima de la alfombra, comenzaron a salir y burbujear varios chorros de agua sucia.
-Vaya, creo que también deberíamos llamar al verdadero fontanero…-sugerí-.

HENRY DOYLE (Pseudónimo)

Septiembre de 2015


Este es el nuevo relato corto de Enrique  que cursa tercero de la ESO.
Se ha llevado el primer premio en esta convoctoria de la Biblioteca Ricardo de León de Galapagar.

Es el tercero premiado. Espero que os guste

4 comentarios:

  1. Me encanta los jovenes interesados en estas lides, mi nieta mayor tambien transita esos caminos
    Te deseo buena semana y que en ella encuentres muchos momentos para sonreír y que te sonrían
    Cariños

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    1. Muchas gracias Abu. Algún día me liberaré de ataduras y volveré con el mismo ímpetu. Bss

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  2. Vaya, vaya, veo que Enrique sigue con su prometedora carrera.
    Muchas felicidades!
    Y además ha sido una buena ocasión para que la orgullosa abuela vuelva a asomar por aquí. La echamos de menos!

    Bisous

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    Respuestas
    1. Millones de gracias. Ando más que atada a compromiso familiares. Por eso ni asomo la cara salvo al blod de viajes y el de la cocina con un post semanal:-(
      Volveré en cuanto me deslíe un poco. Pero sigo sus andanzas y éxitos en Face y Google. Bisous

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Bienvenido. Gracias por tus palabras , las disfruto a tope y además aprendo.

“EL TIEMPO QUE PERDISTE POR TU ROSA HACE QUE TU ROSA SEA TAN IMPORTANTE”. Saint-Exupéry

“EL TIEMPO QUE PERDISTE POR TU ROSA HACE QUE TU ROSA SEA TAN IMPORTANTE”. Saint-Exupéry